Sonrisas contra el dolor

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Esas protecciones en las rodillas son las consecuencias de una vida en la élite. Dos señales del camino recorrido. Dos marcas de los golpes de la competición, de un cuerpo triturado por el sino del destino. Dos harapos modernos que acompañan a Anabel Medina desde hace tiempo para intentar proteger su arañada coraza y borrar el dolor de la cabeza porque de las articulaciones es imposible lograrlo. Por supuesto, también lo hicieron ayer en el asalto a Charleston: junto a Yaroslava Shvedova, la valenciana anudó el segundo título de la temporada inclinando a Chan-Chan (7-6 y 6-2) en una final que se disputó un día atrás porque las campeonas levantaron un peligroso 5-8 en el super tie-break ante Kops Jones y Spears, que son la quinta mejor pareja del año. El triunfo deja al binomio formado por la española y la kazaja en una posición envidiable. Tras el primer tercio de la temporada, Medina y Shvedova pueden permitirse soñar con estar en Singapur, donde se citan las ocho mejores parejas a final de temporada. Nadie, salvo Peng y Hsieh, las números uno, tienen más títulos que ellas en 2014.

La historia de Anabel es una llena de aristas desde los inicios, cuando desafiaba con descaro y desparpajo a tenistas con el pecherín lleno de distinciones. En 2002, con 19 años, Medina discutía con Monica Seles el pase a cuartos de final del Abierto de Australia en la Rod Laver Arena. Pronto quedó claro que aquella no era una jugadora cualquiera. ”Es de lo mejor que he visto últimamente. Estamos ante una gran promesa. Me encanta su carácter, su gran genio”. Las palabras de Billie Jean King, ganadora de 12 grandes, llegaron después de que esa niña se rompiera los ligamentos cruzados de la rodilla derecha, abandonado la pista entre lágrimas para salir hacia el aeropuerto de vuelta a España ayudada por unas muletas.

“No lloré porque la lesión fuese dolorosa, lloré porque sabía lo que se me venía encima”. Una losa gigante. Un parón de seis meses en plena progresión. Eso, irremediablemente, fue la consecuencia de pasar por el quirófano después de destrozarse la rodilla en Melbourne. En 2012, una década después de lesionarse, la valenciana revivía aquel trauma, como si un retorcido escritor la hubiese elegido para ser protagonista de su trágica novela. ”¡Dos veces! ¡No me jodas! ¡Dos veces”. Los gritos de Medina, de nuevo tirada en el cemento de la central australiana, la dejaban fuera del partido de tercera ronda ante la china Li por una torcedura en el tobillo derecho.

Medina se rompió los ligamentos cruzados con 19 años en Melbourne

Las secuelas son evidentes: la española, con un parte de guerra que debería ir acompañado de una pila de condecoraciones ganadas en el campo de batalla, pena hoy para desplazarse y compite con el dolor quemándole cada trozo de piel. Tiene 31 años y, sin embargo, nada de eso es suficiente para detener a una competidora de carácter duro que explota en el dobles el talento que la edad no puede apagar, pese al cruel mazo del azar y el inexorable paso del tiempo, el ciclo de la vida.

Al título conquistado en Florianópolis le siguió otro en Charleston. Para sumar la segunda copa de la temporada, Shvedova y Medina conjugaron sus virtudes, actuando sobre la tierra verde con la sintonía habitual. Como una es tan buena desde el fondo de la pista, como tira fuerte y pesado, las rivales pocas veces pueden discutir con ella desde atrás, conscientes de que perderán el pulso. Como la otra tiene una muñeca de seda para atacar la red, como nadie en el circuito puede dibujar globos con esa utópica facilidad, como el revés cruzado desgarra la pista diagonalmente igual que el león destroza a sus presas, las contrarias acaban desquiciadas, desesperadas por un binomio estupendo, lleno de recursos.

Junto a Shvedova, la española forma una pareja con miles de kilómetros de experiencia

Esta, además, es una pareja con miles kilómetros de experiencia. Medina es doble campeona de Roland Garros, tiene una medalla de planta (Pekín 2008) y un puñado de títulos en la modalidad por parejas (23). Shvedova conquistó en la misma temporada (2010) Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos, toda una hazaña. En consecuencia, entre las dos suman un historial con peso dentro del vestuario, de los que intimidan antes de que la bola surque el cielo por primera vez en el encuentro.

A la zona dulce de la temporada llegan espoleadas por los dos trofeos conquistados en los primeros meses del año. Aún quedan tres grandes por competir. Tres catedrales que asaltar. En París, por ejemplo, aguarda el templo de la tierra, la superficie predilecta de Medina. La ocasión de dar un paso más en la historia, ganando un Grand Slam cinco años después del último. Sería el trampolín definitivo para estar en Singapur con las otras siete mejores parejas del año. Pero sobre todo una oportunidad inmejorable: la de seguir sumando sonrisas contra el dolor. Porque no hay ningún remedio mejor para borrar las lágrimas del rostro de una campeona.

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