Serena, maestra del sufrimiento

Rafael Plaza desde la ciudad de París

“¿Qué le pasa a Serena?”. La pregunta recorrió la grada a toda velocidad. Durante las semifinales de Roland Garros, la número uno se tambaleó desorientada, mostró problemas de coordinación, se movió sin fuerza, como si le faltara el aire, y no escondió las lágrimas cuando se sentó en el banquillo durante algunos de los descansos del partido, con una toalla rodeándole el cuello y otra tapándole la cara. De resoplido en resoplido, de lamento en lamento, casi arrastrándose durante las dos primeras mangas del cruce, la estadounidense remontó su cuarto encuentro en el torneo (4-6, 6-3 y 6-0 a Timea Bacsinszky) y se clasificó para la final de Roland Garros, que jugará contra Lucie Safarova (7-5 y 7-5 a la serbia Ivanovic) buscando llegar a los 20 grandes y romper otra marca más en una carrera que salió de viaje hace tiempo con rumbo a la eternidad.

Antes, sin embargo, un drama. Por la mañana, Serena se mareó preparando el partido en el calentamiento. Los síntomas de una gripe que sufre desde hace días, confirmó luego Patrick Moratoglou, entrenador de la número uno. Así, y con las consecuencias de la enfermedad a la vista, la estadounidense apareció sobre la pista y cerró los ojos intentando evaporarse. Que alguien me saque de aquí que no puedo ni moverme, pareció decir con sus torpes gestos y su andar pesado, con los hombros caídos y la cabeza agachada. Ante ese panorama, Bacsinszky atacó con determinación el partido. Lo suyo fue impecable: en algo más de una hora, la suiza ganaba 6-4, 3-2 y saque, soñando con alcanzar la primer final de un Grand Slam en su carrera. La número 24, brillante en la propuesta, compitió como las grandes, pese a que su rival estaba noqueada.

¿Cómo se le escapó entonces la victoria? ¿Por qué la número uno levantó los brazos al final de la tarde y no ella? ¿Qué sucedió? Ocurrió lo que antes otras veces. Para ganar a Serena, enferma o lesionada, hay que exprimirse al máximo. Doblarle la mano aunque esté en el suelo. No perder jamás el norte. Estar a tres juegos de la derrota (4-6, 2-3 y resto de su contraria) fue como una alarma para Williams: o despiertas o adiós a París. La estadounidense, dolorida, reaccionó en un arranque de rabia incontrolable, le propinó un 12-1 de parcial a Bacsinszky, arrollada después de haber acariciado el triunfo, y celebró el triunfo tosiendo, interrumpiendo la entrevista a pie de pista y cancelando su conferencia de prensa para irse corriendo a ver al médico.

Ahora, con la incógnita de saber cómo estará el sábado, Serena se enfrentará a Safarova, por primera vez clasificada para disputar la final de un grande. La checa, que siempre fue a remolque en el parcial inaugural contra Ivanovic (campeona en 2008) y vio a su rival sacar por la primera manga (2-5), acabó descosiendo el encuentro con su formidable derecha de zurda, que buena falta le hará en el pulso decisivo. El desafío que tiene por delante no es ninguna tontería: Williams ha ganado 19 de las 23 finales de Grand Slam que ha disputado a lo largo de toda su carrera.

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