Reyes olímpicos

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

Un partido que valió su peso en oro. Bajo noche cerrada en Río de Janeiro, un encuentro para el recuerdo y una página inédita en la historia del tenis español. Marc López y Rafael Nadal se proclamaron campeones olímpicos de dobles, algo sin precedente en una Armada carente de metales desde 2000 (bronce de Albert Costa y Àlex Corretja en Sídney), coronando  una final espectacular en los Juegos. Llena de drama. Plagada de tensión. Con alternativa sin descanso. Un tira y afloja memorable para derrotar (6-2 3-6 6-4) a la notable pareja rumana formada por Florin Mergea y Horia Tecau, dos virtuosos de la especialidad y competidores curtidos cada semana en el circuito.

La definición del dobles masculino fue un espectáculo primoroso, toda una reivindicación para una especialidad no siempre valorada en su justa medida. Una demostración del equilibrio de fuerzas que representa una modalidad conducida a dos mentes, el arte de los reflejos y la velocidad de decisiones. Los gritos de Rafael a Marc, buscando en las palabras el coraje que podía faltar en las manos. Las miradas cómplices de López a Nadal, fomentando la calma necesaria para abordar lo nunca antes logrado.

El reto para los españoles fue prodigioso. Horia Tecau, un atleta formidable con una tremenda habilidad para imponerse en los extremos de la jugada. Al colocar la pelota en juego, con un servicio demoledor para romper cualquier intercambio desde la base. Cerca de la red, con dos metros que se movieron con la gracilidad de los elegidos y una capacidad devastadora para el remate, la posibilidad de hacer morir los rallies sin discusión. Cada vez que alzó el cuerpo se convirtió en un jugador eterno, castigando el suelo con golpes picados que rara vez encontraron respuesta en los españoles. La compañía de Mergea, prodigioso por momentos desde el fondo de pista con una derecha imposible de controlar, supuso un escalón de aguante para los españoles.

Los argumentos, sin embargo, estuvieron a la altura. Desdoblado desde la modalidad individual (este sábado buscará un hueco en la final) Nadal acudió presto para dejarse la piel en la competición por parejas. La intensidad puesta en el choque tuvo una manifestación clara: el campeón de 14 grandes golpeando el pecho hacia la grada, dispuesto para la victoria o para salir a rastras de la pista. Contagiando a Marc, más brillante en las rondas previas del torneo, entre la tensión de un partido en la búsqueda del oro. Con la fuerza suficiente para romper el ritmo rival con sus manos de mago, habilidoso como pocos para la pelota baja y coloreando el partido con decenas de globos. Como el que Mergea mandó el limbo en la jugada definitiva del encuentro.

La alternativa y la tensión de un choque en el canto de una moneda quedó resumido en un tramo épico del parcial definitivo. Allí, y tras padecer la situación límite de un tercer juego eterno (tras generar cinco pelotas de quiebre, los españoles quedaron sin premio en el 2-1), el partido les empujó al ejercicio de fe que supuso recuperar una rotura en la manga definitiva. La respuesta fue cristalina: cuando el pánico pudo entrar en pista (3-4 y servicio entregado) Nadal y Marc respondieron con una decisión total, sin perder un solo juego más en todo el partido.

Fue el triunfo histórico de dos competidores hermanados. La demostración de que la sintonía personal otorga un plus de intangibles a la pura inspiración o destreza. El premio de un choque que hundió con más fuerza en la historia la figura de Rafa Nadal (ningún hombre desde 1908 se colgaba el oro en dos Juegos Olímpicos diferentes) y encumbró el palmarés de Marc López (al que 2016 le ha encumbrado como campeón de Grand Slam y olímpico). Una jornada en la historia del deporte español.

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