Los vampiros corren y beben café

Ángel G. Muñiz desde la ciudad de Madrid

David Ferrer posa con las gafas Maui Jim durante un acto promocional de la marca

Ni el fútbol ni el tenis deberían ser deportes olímpicos. Los amantes más fieles del olimpismo lo afirman sin rubor. Y con argumentos. Nada hay más importante que el oro olímpico y nadie debe pisar unos Juegos sin creer firmemente en esa máxima. “Entiendo a los que piensan así. Por supuesto. Podría estar… (corrige) No, estoy de acuerdo”.

Lo dice alguien que tuvo cuatro puntos de partido para asegurarse una medalla olímpica. “Ha sido uno de esos partidos en el que siempre piensas. Se te queda una espina clavada, sobre todo porque son unas Olimpiadas. Y tanto Feli como yo, cuando salimos de esa pista, fuimos conscientes de lo que habíamos perdido. Ya no te hablo del partido de después, por la medalla de bronce, sino de ese. De la semifinal. Cuando perdimos ese partido, perdimos la medalla. Da igual la de bronce que la de plata, ya habíamos perdido las dos”.

Lo dice alguien que recuerda con claridad cada momento de aquel fatídico 3 de agosto. “Porque lo tuvimos muy cerca. Teníamos el partido bien encarrilado. 2-0 y 40-0. 0-40 y un resto que yo podía haber hecho más. Bueno, se hizo lo que se pudo. Al final no puedes exigirte más. Después, cuando tienes la cabeza fría y piensas, te dices ‘bueno David, no te exijas tanto’. Porque a veces pierdes un poco la noción de las cosas. Ya está. Pasó”.

“Cuando salimos de esa pista, Feli y yo fuimos conscientes de lo que habíamos perdido”

Lo dice David Ferrer. Y no lo olvida “porque es cada cuatro años y todo un país te sigue. Es muy bonito, sobre todo, convivir con todos los deportistas de otros deportes. Conseguir esa medalla es una experiencia que nunca se me olvidaría. Ahora, si me preguntas ¿ganar un oro olímpico o ganar un Grand Slam? Pues te diría ganar un Grand Slam”.

La conversación versa sobre sus recuerdos olímpicos. “El David Ferrer de 2008 y 2012 era muy diferente, ¿eh? Si volviera atrás no afrontaría igual Pekín. Pero ya sabéis que fue un año difícil el 2008”. Difícil y divertido. Sobre todo con los chicos del basket, que hicieron muy buenas migas con los tenistas. David sonríe mientras recuerda. “Es que los jugadores de basket, no te voy a decir nombres, pero de verdad que la mayoría son dieces. Como deportistas, pero sobre todo como personas. Y había muy buen ambiente. Jugábamos a las cartas, había tertulia… (risas) Demasiada tertulia, muchas noches. Pero fue una experiencia muy buena”.

Lo que pasa en Pekín se queda en Pekín. No suelta prenda. ¿Algún viaje nocturno al McDonald’s de la Villa para llevar decenas de hamburguesas a tanto gigante? “¿Por perder al póker? No, no. A mí no. Le tocó más a Nico Almagro o a Tommy Robredo”. ¿Alguna tertulia se alargó más allá de las cuatro de la mañana? Suspira. “No sé si las cuatro, pero sí que se alargó alguna noche. Yo realmente estuve poco profesional esas Olimpiadas, si te soy sincero”. Silencio tenso. “Es verdad. No te voy a mentir”.

“Yo realmente estuve poco profesional en esas Olimpiadas, si te soy sincero”

Puestos a contar anécdotas y a volver a las sonrisas, cuéntenos qué pasó con aquel vampiro en la Villa Olímpica de Londres 2012. “Fue curioso, porque estaba corriendo. Fuimos a correr media hora Álex [Corretja] y yo, y de repente me viene un señor pesado, tendría alrededor de 40 o 45 años, corriendo y jadeando. Me pide que le firme para el control antidoping y me dice que tenemos que ir hacerlo ya. ¿Pero cómo iba a ir si estaba haciendo físico? A ver, me faltaban cinco minutos y me pareció increíble que no se esperara”.

Lo que sucedió a continuación pudo ser un viaje de la comedia a la tragedia. “Me faltan cinco minutos, ¿qué hacemos?”. “Tienes que firmarme y yo te sigo”. “Bueno, pues sígueme”. Y le siguió. “Menos mal que fueron cinco minutos. Álex incluso tiraba más, pero le dije ‘Álex, para, para, que lo vamos a matar’. Lo pasó mal el hombre. Me supo mal, pero era increíble que corriendo me viniera así. Él no tiene la culpa, por supuesto. No es culpa suya”.

El tema, sin ninguna intención previa, está sobre la mesa. “Muchas veces vienen a casa a las siete de la mañana. Estamos muy controlados, pero al final es bueno. Es lo que hay, y ya está”. Una obligación tan cansina como necesaria. Una obligación que deja situaciones muy curiosas.

Lo que sucedió a continuación pudo ser un viaje de la comedia a la tragedia

“Yo no he tenido nunca problemas. Incluso, como han venido a mi casa tantas veces, los conozco. Y a veces a las siete de la mañana digo ‘hostia, ¿quién llama a la puerta?’. Tengo una rejilla que antes de abrir la puerta, los veo. Y claro, abro y me suenan muchísimo. Pero claro, estoy dormido y no reacciono”. Y llega el momento que todo ser humano ha vivido. Sabes que les conoces pero no les reconoces. “Hombre, ¿qué tal? ¿cómo estáis? Pero, ¿qué hacéis aquí a las siete de la mañana?”. “Somos los del doping”. “Hostia, claro, por eso me sonabais”. “Eso me ha pasado más de una vez”, confiesa David entre risas.

Pero para anfitriona con mayúsculas, su chica. “Marta es un genio para eso. Es un 10 y se preocupa más que yo por cómo se hace todo. Incluso cuando vienen les ofrece café y les hace el desayuno”. En la familia Ferrer, los vampiros corren y beben café.

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