El aprendizaje de Muguruza

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

La metamorfosis tarda algo más de un año en completarse. El vestuario de Roland Garros está prácticamente vacío cuando Garbiñe Muguruza abre la puerta el 3 de junio de 2014. La española acaba de perder sus primeros cuartos de final de Grand Slam contra Maria Sharapova después de tener 6-1 y 5-4. A los 20 años, la oportunidad se mide como un tren perdido tras arrollar a Serena Williams (doble 6-2) en la segunda ronda del torneo y dejar de piedra al mundo entero con una exhibición de músculo frente a la número uno del mundo. Con un juego concebido para derrotar a cualquiera, genéticamente bendecida para ejecutar el tenis del futuro sin esfuerzo, Garbiñe todavía tiene la cabeza demasiado tierna.

“Las derrotas siempre duelen mucho”, analizó entonces Alejo Mancisidor, el entrenador de Muguruza. “Cuando lo ves tan cerquita, para jugar con Bouchard en semifinales de un Grand Slam, siempre te quedas dolido”, prosiguió sobre la ocasión desaprovechada por su pupila. “Pero tampoco le puedo pedir más. Acaba de empezar. Si Sharapova te pasase por encima, dices ‘bueno’. Pero claro, es que le estábamos pasando nosotros a ella. 6-1, 5-4 y entonces ha venido la mejor parte de Sharapova que es el tema mental”, continuó, comparando las cabezas de ambas. “Y ahí es donde tenemos que trabajar nosotros para que se iguale el tema mental y sea el tema tenístico el que realmente cuente”, repitió. “Yo la he felicitado porque lo ha dado todo al nivel al que está, pero no le ha hecho mucha gracia. No lo ha aceptado de muy buen grado. Y esa falta de humildad a la hora de no aceptarlo es lo que hace que pueda ser muy grande”, adelantó el técnico de la española. “¿Es falta de humildad o de ambición?”, le preguntaron a Mancisidor. “Hay que saber cuándo se han hecho las cosas mal también para mejorarlas”, respondió sin medianías. “Una parte es muy buena, que es la de ambición. La otra no. Lo ideal sería decir ‘bien, he pinchado de cabeza, pero me jode un huevo haber perdido’. Y no ‘me jode un huevo haber perdido y no he pinchado de cabeza”.

Tras Roland Garros, Muguruza vivió encadenada a la presión el resto de los grandes torneos que disputó. Sorprendentemente, se inclinó en la primera ronda de Wimbledon ante CoCo Vandeweghe, la 51 del mundo. La hierba, que debería haber impulsado su juego de ataque, frenó en seco la progresión que llevaba. “Necesito parar”, se arrancó Garbiñe tras despedirse en su estreno en la catedral del tenis. “Después de Roland Garros no he tenido el tiempo necesario para asimilarlo. Me he visto en ’s-Hertogenbosch jugando descolocada. Diciendo: ‘Ahora vengo de jugar en la Philipp Chatrier a ’s-Hertogenbosch… tengo que hacer el esfuerzo de empezar un torneo nuevo, me toca Vandeweghe, me sorprende y lo arrastro. Llego a Wimbledon y me pongo otra vez”, siguió Garbiñe, que durante el cruce se deshizo en mil gestos de frustración. “Necesito un parón. Había hecho cuartos de final en un Grand Slam. Y es difícil de asimilar”, reconoció.

Como en Wimbledon, el Abierto de los Estados Unidos retrató a una jugadora ahogada por las expectativas, inclinada de nuevo en el debut y ante una competidora sin sus galones (la croata Lucic-Baroni, 121 mundial). ”Tengo mucha presión cada vez que voy a la pista a jugar”, reconoció Garbiñe, que apareció ante dos periodistas con lágrimas en los ojos. ”He jugado el peor puto partido del año. Me ha podido la presión. Me han podido las expectativas. Tenía que ganar este partido sobre el papel y no lo he podido hacer. Estoy muy decepcionada”, reiteró. ”Antes trabaja con psicólogos, pero últimamente estoy poco receptiva a hacerlo. Supongo que la solución es ir más preparada mentalmente. Ella ha ido mucho a por el partido, muy agresiva, con ganas de ganar”, explicó sobre su rival. “Y yo no he tenido carácter para ganar. De cabeza no he estado en la pista. Es todo mental: esta chica no juega mejor que yo. En algunos partidos de la temporada la cabeza me falla. Por eso estoy donde estoy. Esa es la clave”, dijo antes de marcharse con la cabeza agachada.

“Todo necesita su tiempo”, analizó Conchita Martínez, la única española campeona de Wimbledon (1994). “Obviamente, todo el mundo veía el potencial de Garbiñe para estar en lo más alto, pero también se veían esos destellos de irregularidad”, siguió la exnúmero dos mundial. “De repente, jugaba un partido muy bien y luego tenía un bajón. Perder partidos que no debería o desaprovechar oportunidades da mucha rabia, pero lo importante es aprender de ello”, examinó. “Toda la experiencia que tiene hora se obtiene al pasar por esos momentos y desaprovechar oportunidades. Aprendes de esos fallos”, insistió. “Muguruza ha evolucionado con su edad. Ahora se madura un poco más tarde, incluso ha habido ganadoras de Grand Slam que nadie esperaba a una determinada edad, no hay que ponerse nerviosas si las cosas no salen. La progresión es muy buena y se confirma con la semifinal que va a jugar mañana”, se despidió la nueva seleccionadora de Copa Davis, que desde hace tres años también ocupa la capitanía en Copa Federación.

“Maduró mucho durante la pretemporada de este año”, celebró Mancisidor antes de la semifinal contra Radwanska. “Su forma de trabajar en noviembre era distinta. Ha madurado porque este año prácticamente ha perdido con dos jugadoras peores que ella y el año pasado perdió muchos partidos. Eso es lo que teníamos que cambiar y eso es lo importante ahora”.

En Wimbledon, el aprendizaje de Muguruza. Una jugadora mentalmente desarrollada que no debería tener una barrera en su cabeza para pelear por la final mañana.

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