Karlovic, un #GameRaiser en busca de la felicidad

Ángel G. Muñiz desde la ciudad de Madrid

“Acabo de ver En busca de la felicidad por primera vez. Tuve un deja vu cuando vi la escena del baño en el metro”. La película protagonizada por Will Smith está basada en la vida real de Chris Gardner, un estadounidense que pasó de caer en la indigencia a comienzos de los años 80 a convertirse en un broker multimillonario. Una noche, sin ningún lugar al que acudir, Gardner duerme junto a su hijo en el cuarto de baño de una estación del metro de San Francisco.

Dos décadas después, en marzo de 2003, Ivo Karlovic está en Francia para jugar dos torneos Futures: Poitiers y Melun. El dinero, siempre escaso, se agota del todo, la promesa de un patrocinador no se cumple y la gélida noche francesa se eterniza. “Un sponsor me prometió que me mandaría dinero a través de Western Union, pero nunca lo hizo. Aquella noche hacía mucho frío y no tenía a dónde ir, así que dormí un par de horas en un baño público. Fue como la escena de la película. Esa noche me pregunté si el tenis era para mí, pero acabé pensando que algún día me iría mejor”.

Solo tres meses después, a finales de junio, Wimbledon ve caer a su campeón reinante en el debut por primera vez desde 1967. El tenista número 203 del mundo elimina a Lleyton Hewitt y una pregunta recorre cada esquina del All England Lawn Tennis and Croquet Club: “¿Quién es este Karlovic?”. Como premio, 90 puntos ATP por llegar a tercera ronda y 38.738 dólares por creer en sí mismo y en su tenis. “Desde ese día mi carrera despegó, mi confianza volvió y nunca más pensé en retirarme de mi deporte”.

“He construido mi carrera de la nada. Nadie en el top-100 ha tenido un camino tan difícil”, suele decir el tenista croata. Y no le falta razón. Se crió en plena guerra de los Balcanes mientras Croacia conquistaba su independencia. Su altura, 2 metros y 11 centímetros a día de hoy (el jugador más alto de la historia del top-100 de la ATP), invitaba a jugar al baloncesto, y así lo hizo hasta que “con 13 años el entrenador me puso en un equipo con niños cinco años mayores. Al día siguiente me concentré en el tenis”.

Y raqueta en mano continuó con su ejemplo de superación. “No tenía dónde entrenar ni con quién hacerlo. No podía pagar a un entrenador ni tampoco una pista, así que esperaba a que todos se fuesen a casa y me ponía a practicar mi servicio una y otra vez, durante horas. Cuando ya era de noche la gente me decía: ‘Es muy tarde. Deberías irte a casa’. Lo que más me gustaba es que como apenas se veía, mis saques parecían mucho más rápidos”. Nacía un servicio que ha llegado a viajar a 251 kilómetros por hora, que firmó 1318 aces en una sola temporada, y que ha enamorado a los reyes del tenis: “Me gustaría tener el saque de Karlovic”, no esconde Rafa Nadal.

Érase un tenista a un servicio pegado, suele quejarse parte del circuito, que ve en su mastodóntica figura y su imparable saque las únicas virtudes de Ivo. “Si sólo gano por mi servicio, soy un genio, un Superman. ¿Os imagináis en qué me habría convertido si alguien, cuando era un niño, me hubiese enseñado cómo pegar un revés? Para lo alto que soy me muevo muy bien y tengo una buena derecha”, rebate, justo antes de bromear con su altura: “Cuando salgo con mis amigos nunca nos perdemos, aunque haya una multitud de gente. Yo soy su GPS. Y cuando no estaba casado muchas mujeres tenían cierta curiosidad…”.

Aunque no todo sean ventajas. “Encontrar ropa que me valga es muy difícil, pero viajar en avión es lo peor. Sólo voy cómodo en primera clase o en la salida de emergencia. Si me toca un asiento normal tengo que poner una pierna en el pasillo y la otra en el espacio del pasajero que viaja a mi lado. Le pido disculpas, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Me tiro todo el viaje paseando para no tener que sentarme”. “Ah, y si algún día tengo problemas con la ley no creo que pueda esconderme de la policía”, cierra.

Tras su aparición en Wimbledon llegaron el top-100, los primeros títulos y una victoria que nunca olvidará. “Siempre recordaré aquel 31 de julio de 2008, el día que derroté a Roger Federer, el número uno”. Fue en Cincinnati y una semana después Karlovic desayunó como decimocuarto mejor tenista del mundo. Todo funcionaba, atrás quedaron el desasosiego y las penurias, hasta que aparecieron las lesiones. Múltiples y variadas. La peor, extraña y muy peligrosa…

16 de abril de 2013. Challenger de Sarasota, en Florida. Ivo Karlovic cae derrotado por sorpresa ante el ucraniano Denys Molchanov y ya en el hotel comienza a sentirse mal. La cabeza le duele y el cuerpo se adormece. En el hospital no encuentran explicación y cuando llegan los primeros mareos se especula con un derrame cerebral. La explicación es aún más extravagante: la picadura de un insecto le ha provocado una meningitis vírica.

“Estuve inconsciente durante mucho tiempo. Al despertar no recordaba mi nombre ni en qué año estábamos”. Preocupación. “Los médicos no sabían si me recuperaría al cien por cien”. Miedo. “Físicamente fue muy duro, pero era peor no saber si sucedería de nuevo, porque todavía tenía un virus en mi cabeza”. Pavor. Y entonces, con la retirada como salida lógica y quizá aconsejable, Ivo volvió a escoger la raqueta.

Al mes de recibir el alta, cinco minutos de entrenamiento. Una semana después, a diario. Sin grandes expectativas, pero con muchos sueños, como contó en ESPN: “En realidad no sabía si podría volver a competir y, si lo hacía, lo único que quería era no lesionarme y no perder 6-0 y 6-0. Pero después gané mi primer partido, y el segundo…”. Y el tercero. Y muchas más.

En 2003, en apenas 100 días, Ivo pasó de dormir en un baño público a triunfar en la catedral del tenis. Una década después, con otro centenar de amaneceres de interludio, Ivo pasó de desconcertar a los médicos del hospital de Sarasota a levantar el trofeo del torneo de Bogotá. “Ahora me siento genial porque no tengo ninguna presión. Todo esto es como un bonus. Ya no tengo ningún miedo y me divierto mucho más. Simplemente quiero estar sano y jugar”.

Así es Karlovic. Es alto, mucho. Saca bien, por supuesto. Pero sobre todo tiene una capacidad de superación a prueba de guerras, pobreza y lesiones. Este pasado domingo, tras 91 aces conectados y 56 servicios sin rotura, conquistó su sexto trofeo profesional en Delray Beach, a solo una semana de cumplir los 36 años. Nadie, desde Jimmy Connors en 1989, ganó un título ATP con tantos cumpleaños celebrados.

Por cierto, ¿saben que fue lo más le costó al croata en Bogotá y en Delray Beach? “Todo el mundo conoce mi problema para comunicarme. Lo más difícil para mí es hablar delante de 10.000 espectadores cuando juego una final o gano un título. Para mí sería más fácil jugar tres días seguidos antes que hablar. Intenté solucionar mi problema, pero siempre vuelve. Es como el alcoholismo: nunca estaré curado”. Ivo Karlovic también es tartamudo. ¿Y cómo reacciona un #GameRaiser ante tamaña adversidad? Grabando una canción con el rapero Baby Dooks. Porque Karlovic, como Gardner, hace tiempo que buscó la felicidad y la encontró.

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