Garbiñe tiene un plan B

Rafael Plaza desde la ciudad de Melbourne

En la segunda ronda del Abierto de Australia, Garbiñe Muguruza se encuentra en una ratonera que conoce demasiado bien. Tras ganar la primera manga de su partido ante Daniela Hantuchova con paso militar, de ganador en ganador, la número 24 arranca la segunda discutiendo con el juez de silla, que se equivoca y le obliga a repetir un punto que debía haber sido suyo porque el Ojo de Halcón le da la razón y su contraria no llega a tocar la pelota intentando restar un primer saque. Es la chispa que provoca un incendio: a la española se le nubla el horizonte mientras maldice con la mirada llena de demonios, la historia de tantas otras tardes en tantos otros escenarios distintos. La eslovaca, claro lo aprovecha, y empata el pulso tras triturar en dos cada punto de ese segundo set. La reacción de Garbiñe, sin embargo, es la de una campeona. En el último parcial, la joven de 21 años expone bajo el sol todo lo que ha hecho en invierno. Compite apostando al acoso y derribo, pero también busca las esquinas de la pista, tira golpes combados, juega con las alturas y cierra en la red un buen puñado de peloteos. En consecuencia, gana 6-1, 1-6 y 6-0 y se cita por los octavos de final con la suiza Bacsinszky (6-7, 6-3 y 6-2 a Anna Tatishvili). Es la evolución de una española contracultural.

“He trabajado mucho más en mover la mano”, explica Muguruza, que en pretemporada se entrenó con dureza en Barcelona para preparar el año de su confirmación en la élite, tratando de abrir el abanico para ser más completa como jugadora y no estar obligada a viajar por una vía de sentido único. “A las chicas nos cuesta mucho jugar con bote y por eso es bueno tener todo tipo de golpes: poder jugar plano y de repente pegar una bola con más curva o abrir un ángulo. He insistido en esto porque realmente veo que a las otras jugadoras les cuesta”, sigue la número 24. “Con el tiempo voy definiendo mi estilo de juego. Tampoco soy una jugadora que me vea pegando palos por todos los lados. Quiero intentar no jugar cerrada, quiero jugar con la mano, abrir pista, tirar hacia arriba… hacer un poco de todo”, añade, poniendo el acento en todos los detalles mimados.

“La derecha de Garbiñe ha dado un gran cambio”, coincide Conchita Martínez, la capitana de Copa Federación. “Ahora envuelve más la bola y le va con más seguridad. Han trabajado en hacer más ángulos y en subir con frecuencia a la red. Si en un momento dado se pone mal el partido, tiene repertorio para hacerlo. Todavía es pronto, pero poco a poco irá adquiriendo más esas movimientos”.

2014 destapó a una jugadora de rompe y rasga llevada al límite, preparada para reventar la pelota desde las dos alas de su juego y tirar tan recto como un rascacielos levantado por el mejor arquitecto. 2015 debería perfeccionar esa propuesta. “El año pasado fue irregular”, resume Alejo Mancisidor, técnico de Muguruza. “Al margen de la juventud, Garbiñe tenía solo un plan. Jugaba muy directo. Cuando quieres que una jugadora crezca tienes que ir por pasos: primero hacerla agresiva, luego ponerle matices y finalmente mejorarla todo lo posible”, radiografía sobre su pupila. “Hemos trabajado mucho en jugar más con la mano para poder abrir pista, jugar por arriba y acabar los intercambios delante. Que no sea todo recto, profundo y sin abrir pista, porque al final te acaban pillando el truco. De esta forma, ella se ve con más armas, con más seguridad y con más posibilidades de cambiar el juego”, insiste. “Tengo claro que Garbiñe tiene que mejorar su tenis. Si ella busca ganar, vamos mal. Si ella busca defender puntos, vamos mal. ¿Por qué? Porque eso así juega con más presión y sin evolucionar. Si se dedica a mejorar cosas, como jugar con la mano, subir a la red o aumentar la velocidad del saque, todo eso es lo que le va a ayudar a defender actuaciones anteriores o a poder pasar de semifinales en un torneo”, afirma rotundamente. 

Sin embargo, no es solo un progreso técnico, una cuestión de golpes y nada más. La cabeza, donde se cocina la presión y se sirven las emociones, cuenta tanto como la raqueta. “Hoy estaba bloqueada mentalmente”, confiesa Muguruza, atropellada en la segunda manga por Hantuchova. “Dejé de jugar al nivel que estaba haciéndolo en el primer set. Hace dos años este partido no lo habría ganado. Ahí veo el claro ejemplo de mi mejora mental”, celebra. “Me ha pasado algo parecido a los partidos de Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos de 2014, pero ahí no pude superar esa situación. Tienes tantas ganas de ganar que te bloqueas. He trabajado duro en ese en pretemporada. Lo he hecho hoy y lo hice en Sídney: los partidos que he ganado han sido porque he sabido superar esa situación. A veces hablaba yo sola y parecía una loca. Ahora me calmo y espabilo”.

“Su cambio mentalmente es claro”, le sigue Mancisidor. “Cuando en una pretemporada de 30 días, los 30 entrena al 100% es que ha evolucionado. A ella le costaba antes una barbaridad trabajar tres días seguidos y ahora lo ha hecho un mes. Ahí ya ha madurado. La veo mucho más jugadora porque está más constante en el partido, más regular, y además tiene más argumentos. Todas esas cosas le dan seguridad”, cierra, confiado en que los pasos son firmes y el camino recorrido el adecuado.

En Melbourne, donde el año pasado superó a Wozniacki en octavos de final y se quedó enredada en las redes de Radwanska en cuartos, Muguruza busca recorrer la pasarela hacia el top-10, donde por potencial debería llegar antes o después. Para ello, además de golpes de hierro, tiene un plan B.

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