El interruptor de Roger

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

Roger Federer salió de Dubái con la copa bajo el brazo, crédito en las piernas y algo más que oxígeno entre las manos. El suizo fue capaz de ganar al número uno tras un mes sin competir en pista, porque no tocó un partido entre el 23 de enero que despidió en la tercera ronda de Australia y el 23 de febrero en que emprendió la marcha en el emirato, y se demostró poder pasar de 0 a 100 con la facilidad de un gamo. Tras salir de Melbourne, Roger tomó un camino distinto al de las primeras raquetas del circuito. Mientras muchos se entregaron de inmediato a la arcilla de Latinoamérica o al indoor europeo, el suizo acudió a unas vacaciones en familia, se apartó del circuito y volvió con fuerza suficiente para sostener una copa entre las manos. Eso, ser capaz de acelerar el cuerpo tras un extenso descanso, puede ser clave para seguir entre los mejores, salpicada como está la élite de adversarios alumbrados en una generación posterior.

“He estado en estas situaciones durante muchas veces a lo largo de mi carrera”, reconoció el suizo sobre su capacidad para alternar triunfos y fases de descanso, para pasar de la sombra al brillo como el interruptor que alumbra un cuarto. “He tomado parones largos, sin jugar mucho tenis, y después he logrado regresar y jugar a buen nivel. No es algo nuevo para mí. No siento una presión extra por no jugar”, insistió el suizo, que ganó Brisbane en la primera semana del año, con el cuerpo todavía en ayuno, y volvió a levantar Dubái, 30 días después de mirar a su último adversario. “Recuerdo que en los mejores años de mi carrera, en 2005 y 2006, solía tomarme cinco semanas sin jugar nada y pensar, ‘espero poder seguir compitiendo”, reconoció recordando un tramo donde las derrotas de toda una temporada cabían entre los dedos de una mano. “Ahora no tomo unos parones tan prolongados sin tocar la raqueta. Quizá lo dejo una semana y luego juego durante 20 minutos, apenas un rato”.

Roger, número dos mundial con 33 años, pocos veteranos lograron volar tan alto, expuso las ideas que recorren su mente sea cual sea el resultado. “Cuando ganas, todo parece sencillo de explicar. Hice la preparación correcta, di los pasos adecuados en vacaciones. Lo que tocaba en las pistas de entrenamiento. Pero si uno no logra la victoria, puede preguntarse si hizo las cosas correctas, si entrenó como tocaba, si fue adecuado detenerse durante tantos tiempo”, siguió el suizo, desgranando una psicología ligada al marcador de la que siempre se ha desmarcado. “Lo normal es no dudar cuando ganas, pero yo me planteo las cosas incluso en los mejores momentos. Y doy vueltas en mi cabeza. ¿Debería haber hecho algo distinto? Ahora mismo estoy pensando en lo que debo hacer hasta Indian Wells”. El último Masters 1000 del suizo también se logró enfriando el cuerpo. Porque tras el Abierto de Estados Unidos y antes de lanzarse a conquistar Shanghái, solo la Copa Davis, apenas dos partidos en 40 días, logró sacarle al albero. Ahora, con el viaje a California en el horizonte, un tramo de cautela para conservar mente y cuerpo. “Mi prioridad para Indian Wells, y jugar como lo hice el año pasado, es pensar cómo voy a emplear mi tiempo”.

El suizo, pese a testar las condiciones del desierto en breve, también disputará ante Dimitrov una exhibición en Nueva York, a miles de kilómetros de distancia, horas antes de lanzarse a competir en el erial californiano. Volviendo a seguir una receta alejada del competidor obsesionado. “Voy a tomar ese respiro antes de jugar en Indian Wells, no hay dudas sobre ello”, reconoce, trazando con un plan conocido en las manos y la sensación de sus mejores años. “No podría funcionar mejor. Tomar un descanso largo, salir a pista y sentir la confianza de inmediato”.

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