Dolor y soledad

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

En Charleston, la dureza como bandera. Andrea Petkovic y Jana Cepelova, que son las últimas supervivientes sobre la arcilla verde, configuran una final desde el esquivo de dificultades. Dos ejemplos de la mentalidad en un deporte de sufrimientos muchos y decisiones rápidas. De tragar para llegar. De aguantar para crecer. Aceptando la adversidad como parte del camino. Una, rota a lastres físicos, podría escribir un tratado de desdichas. Otra, recluida en la soledad, rumia en su interior la página más dorada de su vida. Sobre la arcilla de Carolina del Sur, una final con dos campeonas.

Si el camino sitúa piedras tienes dos opciones: tropezar cuantas veces hagan falta o renunciar al primer roce. Petkovic, que es un carácter curtido porque acumula más lesiones que un esclavo, mira al frente. A sus 26 años, tiene tantos palos que casi perdió las ruedas. Cuando su carrera resplandecía, tocando el top10 con 24 primaveras recién cumplidas, se le abrieron de par en par las puertas del infierno. Una lesión de espalda inició la tortura. En su primer torneo al regreso, los ligamentos del tobillos saltaron por los aires. Para después encadenar otro trauma con una rodilla. Un drama que le ha llevado a modificar sus regímenes de entrenamiento. “Sacaba confianza de entrenar mucho. Sesiones de hasta seis horas. Era como Robocop. No hay dolor. Ahora escucho más a mi cuerpo”.

Problemas que derruyeron su vida deportiva. Que, en caliente, le llevaron a plantearse si el destino quería decir algo y si ese algo era la retirada. Meses y meses de rehabilitación entre el ahogo de una carrera que se escapa. Ganas de tirarlo todo por la borda, como en el pasado Roland Garros, un evento que le vio buscar unas semifinales años atrás donde cedía en la fase previa ante perfiles con ranking de tres cifras. Llegando a confesar a su entrenador, postrada en un banco, la decisión de colgar la raqueta.

Previas como tortura para Andrea, que es una tenista con tres cuartos de final grandes en las piernas. Pulsos prematuros con favoritas, porque el ranking se degradó -llegó a caer más allá del 150- al punto de convertir el antiguo estatus en utopía. Un camino de intermitencias donde nunca llegaba la temperatura. Una experiencia que le ha llevó a mover fichar, por duras que ellas fueran. Como la ruptura con un Petar Popovic, tan entrenador como amigo, al que estaba unida desde 2010, uno de los vínculos más duraderos de la élite, en la búsqueda de un perfil más distante. El encontrado en Eric van Harpen, antiguo coach de Conchita y Arantxa, para ahuyentar los fantasmas.

Como el encontrado en Indian Wells, tras ceder en la previa con Camila Giorgi, una joven italiana que pega como si no hubiera mañana. “Estuve dos días en la cama. Sin moverme. Muy deprimida” reconoció Andrea, inclinada dos veces en diez días por la misma jugadora. En Charleston, inicio de una temporada de tierra, superficie fetiche, un anhelo. “Quiero volver a ser cabeza de serie en Grand Slam” suspiraba la antigua cuartofinalista de Roland Garros, Australia y US Open. “Estoy acostumbrada a ganar dos o tres partidos y luego perder con las grandes. Necesito recuperar eso”. Lo tiene en la mano. En Carolina del Sur, tras enlazar tres triunfos top30 (Lisicki, Safarova, Bouchard), algo inédito desde su primer título en 2011, ha amarrado Andrea el estatus deseado.

Al cerrar el partido de semifinales, la llave a su primera final Premier en tres años, Andrea empapa de lágrimas la toalla. Es un contraste tremendo. Una de las mujeres más duras del circuito, una atleta de físico descomunal, una espalda de tremenda envergadura, encorvada entre llantos bajo la soledad de un trapo. “Lloro cuando estoy feliz, es extraño. He notado una liberación tremenda y estoy orgullosa de haber vuelto después de tantas lesiones. Nunca pensé que volvería a jugar finales en los grandes torneos de nuevo. El orgullo, la felicidad,… me embargó todo junto”.

Andrea vuelve a ver la luz en Charleston, el estado donde su padre, ese hombre que le inculcó el amor por el deporte en la infancia, el mismo que decidió sacar a la familia de Bosnia huyendo de la guerra, cuando ella apenas contaba unos meses de vida, buscando un mejor futuro en Alemania, jugó al tenis universitario en los años 80. “Estoy muy orgullosa de él. Es curioso cómo juguetea el destino. Cómo he podido alcanzar la final en un gran torneo como éste aquí en Carolina del Sur, donde mi padre jugó. Es un honor. Toda una bendición” reconocía orgullosa después de integrarse co la grada. “¡Soy una Gamecock!” grita emocionada en referencia al equipo universitario donde sudó el hombre que le dio la vida.

Rodeada de niñas en semifinales, porque allí se dan cita Bouchard (20), Bencic (17) y su rival en el pulso decisivo Cepelova (20), Andrea es una veterana de guerra en sus mid-twenties. “Intentaré usar mi experiencia de 26 años. Debo concentrarme en cada punto, sin pensar en quién está al otro lado ni qué edad tiene. Debo aprovechar la inercia que ahora tengo”. Y es que al otro lado habrá una mujer que parece ignorar cuanto le rodea: la eslovaca Cepelova, que aguanta firme donde muchas encontrarían una excusa.

Jana está sola en Charleston. Sin entrenador, que se marchó a casa tras el torneo de Miami. Sin fisioterapeuta, manos de confianza apartadas de su cuerpo. Sin familia, recluida en Eslovaquia al otro lado del Atlántico. Sin amigos, conteniendo la respiración a miles de kilómetros. Sola. Completamente sola. Eso significa no tener alguien a quien abrazar al terminar un partido. Encontrar el vacío al tratar de chocar la mano. Cenar en el club por no gozar de compañía para los ratos libres. Hasta hacer uso del frío room service en la semana de tu vida. Rumiar el éxito desde la soledad de un cuarto.

“Yo creo en mí misma” espeta desde sus 20 años una mujer que avanza con paso firme, que rasca óxido en entrenamientos peloteando con un tipo que proporciona el torneo a quien lo necesite. Tener como persona más cercana a un completo desconocido. Sus partidos, un ejemplo de madurez. Cuando sus rivales solicitan coaching, ella no puede ni levantar la mirada, pues en mitad de una grada repleta encuentra un box desierto. Un racimo de asientos descubiertos. Como no hay nadie a su alrededor, como mira y encuentra la nada, aprieta el puño hacia las cámaras para que su familia,en la otra punta del mundo sienta el triunfo como propio. Antes de desaparecer sin compañía hacia el umbral del vestuario. Así cayeron Serena, Vesnina, Hantuchova y, por último, Bencic, ese diamante suizo.

Batir a Serena Williams ya es una hazaña en sí misma, porque Jana rompió la racha en arcilla más larga de la número 1. Cimentar ese triunfo hasta alcanzar la final, en este caso la primera de una incipiente carrera, eleva varios peldaños el mérito. Dejar a Williams en la cuneta y ganar el título, algo inédito en el último lustro y en la que han fracasado las últimas 14 aspirantes, un reto que Cepelova tiene a un partido de distancia. Hacerlo, además, en las circunstancias mencionadas, coloca el registro en una dimensión de locura.

En Charleston, bajo la mirada de la pista Billie Jean King, muñidora del reconocimiento al tenis femenino, dos mujeres como ejemplo de superación.

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