Dimitrov se mira en el espejo

Redacción desde la ciudad de Madrid

“Es evidente. El parecido es más que razonable. A la hora de moverse por la pista y esa forma de golpear el revés recuerda a la misma estampa”. Los comentarios los pronuncia el entrenador de uno de los rivales de Grigor Dimitrov durante esta temporada. El búlgaro proyectó un modelo a seguir, un ejemplo, un espejo en el que mirarse, el de Roger Federer. Durante años ha tenido que portar la etiqueta de Baby Federer. La eterna promesa. Por primera vez, el destino los ha cruzado frente a frente. En Basilea. Esta tarde.

La cuna que meció al campeón es el escenario elegido. Profesor y alumno frente a frente. El sabio y el aprendiz. El mito y el aspirante. Se miden en los cuartos de final bajo el techo de la ciudad suiza que vio nacer a Federer. “La comparación no tiene sentido. Estuvimos comiendo juntos en Australia y pudimos hablar sobre el tema. Lo dejamos todo claro”. Grigor Dimitrov quiere escribir su propia historia, por más que los trazos de sus golpes recuerden al helvético y el mundo de la raqueta continúe con la inevitable búsqueda del heredero de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Ocurrió en los tiempos de Laver, Borg o Sampras. Y perdura hoy.

Demasiado osada la comparación para muchos. “Juega como un campeón, pero no es un campeón”, rumorean los compañeros de circuito sobre la estrella búlgara. 22 años, sólo un trofeo de categoría ATP 250 en su vitrina (Estocolmo) y el top 22 como techo en el ranking conforman una mochila demasiado ligera para igualarse al mito suizo. “A su edad no ha dominado lo suficiente como para considerarlo candidato al número uno”, comentaba un ex número uno sobre Dimitrov. Y es que a su misma edad, Roger ya había levantado su primera corona en Wimbledon y más de una decena de títulos adornaba su palmarés.

Carácter y talento. Dimitrov saltó al circuito con dos condiciones innatas desarrolladas a la máxima potencia. Tal y como lo había hecho Federer. Su capacidad para colocar la pelota donde apuntaba su muñeca era la misma que para destrozar su raqueta a base de golpes. Grigor era el fiel reflejo del Roger más joven, apasionado y descontrolado. En la Academia Sánchez-Casal de Barcelona, Pato Álvarez trató de limar asperezas. Más tarde, Patrick Mouratoglou -actual entrenador de Serena Williams- continuó el proceso de formación en París. Luego, Magnus Norman recondujo la carrera del de Haskovo hacia la cima. Ahora, es el australiano Roger Rasheed, timón de Tsonga o Monfils, el que tiene la misión de acercarlo al top 10.

17 Grand Slam y 302 semanas como número uno de la ATP son palabras mayores. Un sello que sólo pueden estampar leyendas y mitos. Dioses de la raqueta. Roger Federer. Lejos de cifras y datos. Récords y marcas. En el corazón de Dimitrov continúa encendida una llama, la misma que ardió el día que el búlgaro vio jugar a Roger por primera vez, el día que se enamoró para siempre de la raqueta. En Basilea, Grigor confirma sus votos. Por primera vez, se mirará en su espejo.

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