Del Potro ha vuelto

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

La confirmación de un regreso en toda regla. Juan Martín del Potro accedió a la final de los Juegos Olímpicos tras remontar (5-7 6-4 7-6(5)) a Rafael Nadal en un partido de impresión, estirado hasta las tres horas y 10 minutos de pelea sin tregua. El tandilense, que ya se colgó la medalla de bronce en la cita de Londres 2012, buscará ante el escocés Andy Murray (6-1 6-4 a Kei Nishikori) convertirse en el primer jugador argentino capaz de conquistar el oro en la modalidad masculina individual.

El sufrimiento para optar a tal privilegio, sin embargo, fue monumental. El empuje del sudamericano se encontró con un competidor envalentonado (oro olímpico la noche anterior en dobles) y con argumentos tácticos de sobra para incomodar propuesta. La derecha combada del Nadal se adentró con fuerza sobre el revés de Del Potro, un arma mermada desde la sucesión de operaciones. El revés cortado del mallorquín, además, dobló el corpachón del argentino, incapaz de golpear tres derechas consecutivas en posición cómoda durante la primera manga y privados la opción marcar diferencias con uno de los golpes más formidables del circuito masculino. Así, y pese a un arranque furioso donde llegó a cobrar ventaja (3-1), el margen de Nadal dio la vuelta al marcador hasta cerrar el set de apertura.

Desde entonces, y pese al coraje mostrado por un espíritu indomable, la intensidad del español bajó los mínimos suficientes para que Del Potro liberara el agobio. Cualquier resquicio es suficiente para penar ante un juego de agresividad controlada. El tandilense, aprovechando el pequeño paso atrás del español, se montó en un juego directo que no encontró respuesta. Apenas cuatro puntos cedidos al saque en todo el segundo parcial sirvió como aviso: lo que en el primer parcial fue una bala de fogueo, dejando escapar una ventaja, en el segundo se convirtió en un auténtico cañón sin freno.

Así, y enzarzados en una carrera a un set con la pelea por el oro como meta, la intensidad se desató en un partido bravo. En diversas ocasiones James Keothavong, juez de silla encargado de impartir justicia en el partido, llamó al orden a una grada tan volcada con Del Potro como -siguiendo una tradición brasileña contra todo lo albiceleste- polarizada contra los vítores en favor del de Tandil.

La estabilidad del parcial fue amenazada desde el principio. Tras las tentativas del español (disfrutó de una opción de quiebre para colocar el 1-2*) y del argentino (dos veces a un puntos de romper el servicio de Nadal y situar el *3-2), el partido se condujo hacia el delirio. La fe de Juan Martín, un hombre olvidado para la élite por las lesiones pero convencido de su vuelta, asestó un hachazo en apariencia definitivo, al colocarse con 5-4 y saque para cerrar el partido. Si la esperanza tuvo cara y ojos se encarnó en el juego al resto de Nadal. Primero, sin mayor margen de supervivencia, rompió en blanco el servicio de Del Potro, una auténtica rareza; después, resucitó en otra situación límite, levantando un 0-40 con su propio servicio coloreando la pista con passing shots imposibles; y tercero, llegó a un tiebreak cuando la mayoría hubiera salido ya de la ducha.

Un desempate que subrayó todavía más la fortaleza del balear: que perdonó la igualdad con una derecha invertida que aterrizó en el pasillo de dobles tras levantar un 5-2 y hasta tres pelotas de partido.

El desenlace, con Juan Martin arrojado al suelo entre lágrimas y besando el logo olímpico no pudo ser más elocuente. Ante una referencia en la lucha y la determinación, superando la supervivencia de Nadal, la victoria de un hombre que resistió a las grietas de su propio cuerpo.

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