Con la lengua fuera

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Levantar un trofeo y salir corriendo para llegar a tiempo al siguiente torneo. Las celebraciones, para otros. Amarrar la victoria final en una ciudad y aterrizar horas después en otra distinta, sin espacio para completar el lógico proceso de aclimatación. Sufrir las consecuencias de todo eso y perder cuando en la cabeza todavía perdura el agradable recuerdo del triunfo. Así es el tenis. Así es la otra cara de la élite. Lara Arruabarrena ganó el sábado por la tarde junto a Tita Torró el título en Acapulco (7-6, 5-7 y 13-11 a Andrea Hlavackova y Lucie Hradecka) y se marchó al aeropuerto porque tenía que jugar la fase previa del torneo de Monterrey a primera hora del domingo. Como el pulso ante las checas se alargó, la número 89 del mundo tuvo que buscar una vía alternativa para llegar a su destino. Este fue el final de la odisea: la española se olvidó del avión, viajó en coche durante cuatro horas para llegar a México, descansó lo que pudo en un hotel dentro del propio aeropuerto y voló a Monterrey el mismo día que jugaba. Llegó dos horas antes de su encuentro ante la argentina Ormaechea, que compitió sin un solo entrenamiento, casi sin tocar la pelota en una superficie que se parecía a la de Acapulco lo mismo que Londres a Shanghái. Se inclinó 2-6 y 4-6. Tan precipitado fue todo, que acabó su partido y no había recogido la acreditación con la que las jugadoras se mueven por los torneos. Un disparate.

“Sabíamos que la final era el sábado”, cuenta Arruabarrena desde Monterrey, donde espera para jugar el dobles con la rumana Olaru tras ser eliminada en la fase previa de individuales. “Habíamos hablado con la supervisora de Acapulco para que supiese que nos esperaban en Monterrey. Una vez estábamos en la final, miramos vuelos por si perdíamos o ganábamos”, explica la tenista vasca. “Teníamos claro que debíamos volar esa noche, dormir en México y después volar otra vez por la mañana. Era la única opción porque vuelos directos no había de Acapulco a Monterrey, que habría sido lo ideal”, sigue. “Empezamos a mirar vuelos desde semifinales, pero sin reservarlos. Y cuando ganamos semifinales, esos mismos vuelos ya no estaban. ¡Ni uno! Miramos en diferentes buscadores y no aparecía ni un vuelo”, insiste. “Al final, yo conseguí un billete para mí, pero no para Albert [su entrenador]. Al menos, llegaba yo”.

Ocurrió que el pulso decisivo se estiró durante casi dos horas y que la victoria implicó responsabilidades tras el duelo. “La final duró mucho y acabó tarde”, recuerda la campeona, que sumó su primera copa junto a Torró. “Como ganamos, nos tuvimos que quedar para las fotos, firmar a los niños, cumplir con los patrocinadores y hacer rueda de prensa. Cuando llegué a la habitación, sin tan siquiera ducharme, eran las siete de la tarde, mi vuelo salía en una hora y había 20 minutos entre el hotel y el aeropuerto. Y obviamente me tenía que duchar”, continúa. “Albert consiguió que le llevaran de Acapulco a México en coche, que son cuatro horas. Así que decidí perder el vuelo para irme con él, porque no era seguro que llegase a tiempo al aeropuerto”, relata Arruabarrena. “Llegamos a México pasada la medianoche y cuando me fui a dormir era la una de la mañana. Entre la tensión del partido, el viaje en coche… me tumbé en la cama y no me podía dormir del dolor de piernas que tenía. Dormí cinco horas porque mi vuelo salía a las ocho de la mañana y tenía que estar un buen rato antes, pasadas las seis. Llegamos a Monterrey y cuando nos montamos en el coche eran las 10 y a las 12 yo tenía que jugar”, rememora. “Le dijimos al conductor que nos llevase directamente al club. Me daba igual no calentar, ya me movería antes del partido, pero debía llegar antes de las 12. Al final, llegamos a las 10.30 y estaban las pistas mojadas porque había llovido. Toqué la pelota con Grace Min cinco minutos y salí a jugar. Ni me acredité”, asegura.

“Empecé el partido con Ormaechea y me di cuenta que la pista era rapidísima”, confiesa Arruabarrena, que se había impuesto en tres de los cinco duelos previos con la argentina. “Era completamente lo opuesto a Acapulco. Allí teníamos 35 o 40 grados de temperatura y aquí ocho. En Acapulco la bola botaba mucho y la superficie era lenta. En Monterrey, no bota nada y la pista una bala”, continúa, comparando las diferencias entre ambos torneos. “Acabé el primer set y no me había enterado de nada. Físicamente no me encontraba mal. Iba mentalizada de que tenía que jugar, pero no me enteraba por lo rápida que era la pista”, sigue. “Cuando le pillé el punto a la pista era tarde. Con un par de entrenamiento habría cambiado un poco, porque sabría cómo era la superficie y me habría intentado adaptar”, dice la española, que pagó el peaje de su compromiso en el dobles, una modalidad señalada por estar en un segundo plano.

Arruabarrena no fue la única que sufrió las consecuencias. Como ella, sus rivales en la final de Acapulco (Hlavackova y Hradecka) llegaron la misma mañana del estreno a Monterrey, superaron el primer cruce y… se inclinaron después, obligadas a jugar dos veces el mismo día, doblando turno tras disputar el día anterior una final en otra ciudad. En la élite, donde están las mejores, también se vive con la lengua fuera.

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