Un Nadal de extremos

Rafael Plaza desde la ciudad de Madrid

Cubierto bajo un sombrero de cowboy, Rod Laver vio al Doctor Jekyll y Mr. Hyde vestido de tenista. Para llegar a octavos de final en Indian Wells, Rafael Nadal tuvo que enfrentarse a sí mismo (arrollador en el primer set, titubeante en el segundo) y también a Fernando Verdasco (6-0 y 7-6) en su camino a la tercera ronda del torneo, donde ahora le espera el peligroso Alexander Zverev (doble 6-2 al francés Simon). La victoria, un importante empujón emocional (había perdido tres de los últimos cuatro encuentros con el madrileño, incluyendo la dolorosa derrota a la primera en el Abierto de Australia esta misma temporada), retrató una de sus mejores cualidades, enterrada en mitad de la crisis contra la que lleva un tiempo peleando: Nadal todavía sabe ganar jugando mal. Sobrevivir, que dicen en el vestuario.

“He perdido partidos similares a este en Australia, en Buenos Aires, en Río de Janeiro… así que es importante para mí”, analizó el mallorquín después del triunfo, recordando lo ocurrido en sus tres últimos torneos. “He jugado un gran primer set, a un alto nivel de tenis y sin errores. He sacado bien y restado muy bien”, añadió. “Luego, he cometido algunos fallos en el comienzo del segundo set, sobre todo con mi servicio. He perdido un poco de concentración y confianza y me ha tocado sufrir al final. En el tie-break, he ido perdiendo todo el tiempo. Lo normal en esa situación es acabar entregando el set, pero he peleado por cada punto. Creo que merezco algo así porque había perdido varios partidos duros”.

Al principio, el mallorquín salió en tromba. En menos de media hora, Nadal había ganado la primera manga en blanco (6-0) y Verdasco miraba al cielo intentando encontrar la explicación a su pobre rendimiento, sin intensidad ni energía. Lejos de parecerse al jugador que sobrevivió al campeón de 14 grandes hace unos meses en Melbourne, una victoria construida a trallazos tremendos, el madrileño compitió sin un solo rasgo reconocible. Con los pies parados, pesado en los desplazamientos, Verdasco se deshizo como un azucarillo en agua (14 errores no forzados) según avanzó el reloj. Ante esa versión inofensiva de su rival, el número cinco jugó un partido de dirección única hasta que comenzó la segunda manga y el cruce mutó a uno completamente diferente.

Frente al bloqueo de Verdasco, Nadal no fue un contrario amable. El mallorquín aprovechó que su rival veía la pista como un océano para soltarse y tirar profundo, con unos golpes que sonaron como estacazos. Después de ser atropellado en el arranque, Verdasco recuperó la chispa y Nadal perdió consistencia de forma alarmante. El mallorquín, que se recompuso tras ceder el saque de entrada (de 0-1 a 1-1), se volvió a enredar luego en un juego terrible en el que cometió tres dobles faltas (¡tres!), entregando la iniciativa en el marcador a su oponente (1-2). Verdasco, sin embargo, sufrió otra tiritona incomprensible que devolvió el parcial al principio (2-2) entre claroscuros de ambos oponentes.

Con todo igualado, el madrileño se desató igual que una tormenta de verano que llega sin avisar. Fue Verdasco buscando el empate a sartenazos. Fue Verdasco acorralando a Nadal, llevándole de esquina a esquina y obligándole a defenderse arrastrando las zapatillas a toda velocidad. Fue Verdasco llegando al tie-break y procurándose tres bolas de set para igualar el cruce (6-3) y otras dos (8-7 y 9-8) que no aprovechó. En consecuencia, fue Verdasco enfrentándose sin éxito a la tensión de la responsabilidad, cometiendo una doble falta con 9-9 que dejó al mallorquín sacando por la victoria después de salvar esas cinco bolas que le habrían llevado al tercer parcial.

Así, tras empezar en sexta marcha y luego reducir a segunda, el número cinco llegó a octavos, donde le espera el joven Zverev. Antes de esa importante prueba, dos versiones y el mismo tenista: un Nadal de extremos para enterrar el fantasma de Verdasco en California.

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