Un Federer de hielo

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

 “¡Roger! ¡Roger! ¡Roger!”, grita la grada. “Allez Maestro!”, reza una pancarta entre la muchedumbre. “7ederer”, se atreve otro más allá, anticipando la séptima corona del suizo en el emirato. Con el puño en la red y una sonrisa en el rostro celebró Roger Federer (6-3 y 7-5 a Novak Djokovic) su triunfo ante el número uno del mundo sobre la pista de Dubái, un terreno que conoce como la palma de su mano porque allí tiene residencia, entrena durante ciertas fases de la año y  se erige ahora como heptacampeón, un apelativo hasta ahora únicamente reservando a la hierba. El helvético, que ofreció un auténtico recital de tenis ofensivo -casi dos golpes ganadores por juego-, se relanzó al servicio -llegó a la marca de 9000 aces en el circuito, algo reservado a perfiles de gran cañón como Ivanisevic, Karlovic y Roddick- y subrayó su hambre en el arranque del curso -llevaba desde 2007 sin llegar a Indian Wells con dos cetros en el bolsillo-.

Si la pista de Dubái, rápida como pocas, mide la temperatura del físico, el suizo se mostró liviano como un gamo, mostrando su capacidad de reacción ante los vaivenes del número uno. Novak, que  hurgó el cuerpo de Roger con ahínco, buscando óxido en unos pies que se movieron como teclas de piano, no encontró más que la alegría de un cuerpo renovado. Ninguno como el suizo para responder a la profundidad y veneno en las pelotas centradas del serbio. Federer, que desplegó una exhibición de bote prontos con su derecha, terminó haciendo descabalgar al balcánico con una respuesta para cada desafío. Nadie para anticipar y apartar el cuerpo como el helvético, forrado de un naranja chillón que voló bajo las luces del emirato.

Roger enfocó el partido con un patrón rectilíneo, ilustrado por los 37 impactos que disparó con la vitola de golpe ganador, de esos que el rival no alcanza ni a rozar con el marco. Eso, despedido en apenas dos mangas, es un mundo ante el serbio Djokovic, uno de los mejores defensores del circuito. Su revés cortado, útil para evitar un correcalles y plantear un encuentro a dos ritmos, quebró el esquema de Djokovic, perdido entre opciones borradas e incapaz de arder a trotes las piernas del suizo.

Fue, también, una demostración de sangre fría y precisión de cirujano. Si en los puntos importantes se distinte a los fuertes de los buenos, Roger compitió con altura de mito. Federer, que apenas dispuso de dos opciones de quiebres en todo el encuentro, aprovechó ambas y negó las siete al serbio, que nunca antes en una pelea por el título dispuso de tanto al resto y acabo marchando de vacío.

La exhibición, sobre todo, llegó al final del segundo acto, con un Roger desatado ante el riesgo y negando cualquier opción e equilibrio. Demostrando una frialdad sin par bajo presión . El tenis al ataque tiene dueño y ningún otro encuentra el escape como el suizo. Dio igual la altura del encuentro porque el resultado fue siempre el mismo: una amenaza de Novak y unas tenazas en manos del suizo. Ante el hombre que más veces le derrotó en una pista dura (14), un tipo que jamás cedió una final en el emirato (Novak había ganado las anteriores cuatro) surgió el mejor nivel visto en tiempo al servicio.  15-40 con 4-4, y un reguero de aces y monstruosos primeros. Dos pelotas de set (15-40) con 5-5, un bote pronto besando la cinta y una tormenta de contundentes servicios.

Fue, a sus 33 años y con el libro de méritos más que escrito, otra prueba de vida del suizo. Una certeza de vigencia ante el número uno por el capítulo de virtudes exhibido. Una agresividad total, suicida para casi todo el circuito, y una frialdad ante la herida sólo al alcance de los mitos.

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