Serena y nadie más

Rafael Plaza desde la ciudad de Nueva York

Mientras grita el gentío y se marcha el sol, Serena Williams respira tanto aire como cabe en sus pulmones. La estadounidense se pide calma antes de ganar el último punto de la final del Abierto de los Estados Unidos (6-3 y 6-3 a Caroline Wozniacki) y celebrar su grande número 18, tantos como Martina Navratilova y Chris Evert. Luego, se tira sobre el cemento y deja que su corazón se desboque como un purasangre, tomando el control de las emociones. Cuando se levanta, mira al cielo, da las gracias y levanta un dedo, emocionada como pocas veces en su vida. A un paso de cumplir los 33 años, la líder de la clasificación festeja por sexta vez el último Grand Slam de la temporada, revalida su condición de campeona de mayor edad en Nueva York, marca que tenía ella misma (2013), amenaza el récord de la Era Abierta (los 22 grandes de Graf, rebasados por los 24 de Margaret Court) y vuelve a bañar de oro una carrera ilustre: con 34 torneos del Grand Slam (individuales, dobles y mixtos), cuatro Copas de Maestra, cuatro oros olímpicos (uno en solitario, tres por parejas) y más de 200 semanas en el ático del ránking, la jugadora de Saginaw es leyenda inmortal.

Al principio, los nervios encadenan a las finalistas, que juegan más liberadas al resto. Cinco de los seis primeros juegos del partido son saques perdidos, arrebatados entre dobles faltas y temblores con la pelota en juego, tensión saliendo a borbotones. Con 4-2, sin embargo, Serena reina en el caos. Es ella la que mantiene el servicio para no volver jamás a encarar una pelota de break. Desde ese juego de la primera manga, que Wozniacki pelea con la esperanza de aprovecharse de la tormenta de roturas en la que ambas se encuentran perdidas, la campeona agarra la final entre las manos y aprieta con fuerza hasta hacerla suya.

Enfrenada ante una jugadora de rompe y rasga, Wozniacki no tiene argumentos para entrar en el cara a cara. De la raqueta de su contraria sale fuego (15 ganadores en la primera manga, 29 al final del partido) y de la suya agua sin presión (un pírrico tiro ganador logrado con un saque directo en el primer set, cuatro en total). Pronto, los golpes de la número uno del mundo derriban las fabulosas defensas de la número 11, que se agarra a su olfato para intuir la dirección de los martillazos que la estadounidense va golpeando aquí y allá. Corre la danesa espoleada por unas piernas cultivadas y muerde la estadounidense, que solo sabe ir hacia la victoria por la vía más directa: pegar, pegar y pegar como una boxeadora que se entrena con un saco como rival, machacando con violencia a golpetazos.

Pese a que a ratos compite sin primer servicio (45% de primeros saques puesto en pista durante un buen tramo de la final) y que su segundo es atacable (solo gana el 52% de los puntos con ese golpe), Serena abruma. Derriba. Aplasta. Asombra desde una agresividad desmedida, como durante todo el torneo, donde no permite que nadie le gane más de tres juegos en un set en los siete partidos que debe superar para levantar el cetro de campeona. Tras llegar entre fantasmas, consecuencia de su papel en los grandes eventos de 2014, Williams se marcha en una alfombra roja.

Aunque la estadística a veces lo desmiente, la realidad es bien clara: hoy, la jugadora que ha ganado el Abierto de los Estados Unidos en tres décadas distintas, no tiene rival. Muy pocas pueden competir de tú contra ella y ni siquiera eso es garantía de nada para las privilegiadas que pueden hacerlo. Lo dicen en el vestuario y se demuestra sobre la pista. Si Serena quiere ganar, si la estadounidense está al 100%, el destino es irremediable. En 2014, tras haber dominado el pasado y el presente, solo Serena separa a Serena de domar también el futuro. Para empezar, en Nueva York dio otro paso más hacia el lugar donde brillan para siempre las estrellas.

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