Serena, la victoria de la tortura

Rafael Plaza desde la ciudad de París

Los milagros existen, aunque deben estar reservados para las campeonas que están hechas de una pasta especial: Serena Williams derrotó 6-3, 6-7 y 6-2 a Lucie Safarova en la final de Roland Garros y celebró su Grand Slam número 20, tercero consecutivo después de ganar el Abierto de los Estados Unidos y el Abierto de Australia. Por encima del partido, que tuvo ganado (6-3, 6-5 y saque), luego perdido (6-3, 6-7 y 0-2) y finalmente remontado (después de propinarle un 6-0 de parcial a la checa), una recuperación contrarreloj que dejó de piedra a su oponente por la copa. La estadounidense, con un proceso gripal que no le permitió salir de la cama en los dos últimos días, jugó con fiebre y bajo los efectos de los medicamentos con los que intentó combatir la enfermedad. Pese a la tos, los mareos y los dolores, sobreponiéndose a las limitaciones con las que encaró el cruce, Williams venció en una demostración de agallas y pundonor. A los 33 años, la victoria dejó a Serena en una posición privilegiada: a dos grandes del récord de la Era Abierta (en posesión de la alemana Graf, que tiene 22) y con la satisfacción de haber levantado el trofeo al menos tres veces en cada una de las cuatro catedrales del circuito. El mensaje fue más evidente que nunca: si no pierde el hambre, si el cuerpo le aguanta, que la primera posición de la leyenda sea suya parece cuestión de tiempo.

Después de ganar agónicamente las semifinales ante la suiza Baczinszky, un encuentro en el que por momentos llegó a arrastrarse, la número uno canceló su rueda de prensa y se marchó a visitar al médico. Inmediatamente, ideó un plan para recuperarse y poder disputar la final: encerrada en su apartamento parisino, se puso en manos de los doctores para recibir un tratamiento de antibióticos. No salió de allí ni para entrenarse el día antes, llegando a la pelea por el título con el calentamiento del sábado como único contacto con la pelota después de clasificarse el jueves para luchar por coronarse en el templo de la tierra. Aislada, informando en la víspera a los periodistas de su estado mediante un comunicado, la estadounidense apareció rodeada de interrogantes.

¿Cómo podría jugar Williams un encuentro de la máxima exigencia con la fiebre aún circulando por su interior? ¿Cuáles serían las secuelas de la enfermad? ¿Estaría en condiciones de luchar por la corona? Así, Serena atacó el triunfo con una idea bien clara: salir en tromba para esquivar el desgaste. Con la intención de usar toda su energía para llevarse por delante a Safarova. Funcionó… a medias. La número uno mundial, que ganaba la final de cañonazo en cañonazo, sacando por encima de los 200 kilómetros por hora, perdió la firmeza cuando más cerca estaba de la copa. Safarova, derrotada en los ocho partidos anteriores con Serena, se frotó las manos ante la oportunidad. Frente al peor escenario posible (primera final de Grand Slam contra la estadounidense), una brecha por la que colarse (la enfermedad de su contraria) en el partido decisivo. La número 13, arrasada en la primera hora de partido, cambió la dinámica aprovechando una minúscula rendija que terminó siendo una grieta enorme.

Con 4-1 y 40-15 en la segunda manga, camino del triunfo, Serena entregó su saque por primera vez en el partido tras cometer una doble falta. Safarova lo interpretó como una señal de debilidad. De ese 4-1 se pasó a un 4-4, con la estadounidense perdiendo el servicio de nuevo (con 4-3) y de la misma forma (doble falta) y volviéndolo a ceder cuando sacaba por el partido (6-5, tras haber roto a la checa justo antes). Safarova, brava durante el partido, no lo dejó escapar: en un abrir y cerrar de ojos, con Serena desgañitándose en mil insultos, le había tomando el pulso a la final (2-0 en el set decisivo) y soñaba con celebrar su primer grande ante la poderosa estadounidense con su derecha de zurda, afilada como la hoja de una navaja.

Nada de eso. No en París. No en Roland Garros, No ante Serena, la número uno del mundo. No contra una tenista que remontó tres partidos consecutivos en el torneo (Anna-Lenna Friedsam, Victoria Azarenka y Sloane Stephens) y llegó al tercer parcial en cinco de ellos (Timea Bacsinszky y Safarova), saliendo victoriosa en todos. No frente a una jugadora que fue capaz de devolver un tiro con su mano izquierda (siendo diestra) para no perder un peloteo de la final, cuando más ardía el partido. Después de lograr el break (2-0), Safarova no ni dijo ni mu (0-6 de parcial). Serena, entre la puntería y la cólera, se abrió paso hacia su tercer Roland Garros a martillazos. Posiblemente, el más sufrido de todos los que ha conseguido en su carrera. La victoria de la tortura.

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