Necesidad contra necesidad

Rafael Plaza desde la ciudad de Nueva York

Fuertemente acalambrada, entre lágrimas y en silla de ruedas. Así abandonó Shuai Peng (6-7, 3-4 y retirada como consecuencia de una enfermedad por calor) las semifinales del Abierto de los Estados Unidos y así regresó Caroline Wozniacki a una final de Grand Slam por primera vez desde 2009, cuando también escaló hasta el partido por el título en el último grande de la temporada, que perdió contra Kim Clijsters. Ahora, la danesa, que llegó a estar 67 semanas en el número uno del mundo sin celebrar uno de los títulos más importantes del calendario, está ante la ocasión perfecta: con 24 años y la vitrina huérfana de una gran copa, la número 11 del mundo tiene la oportunidad de separarse del grupo de jugadoras que llegaron a la cima y no celebraron al menos uno de los cetros que abren para siempre las puertas de la eternidad. La corona de campeona, que se disputará el próximo domingo ante Serena Williams (6-1 y 6-3 a la rusa Makarova en 60 minutos), presenta un duelo de necesidades enfrentadas: las de la leyenda cuestionada contra las de la laureada aspirante.

Antes, un duelo con final dramático y otro engullido a toda velocidad. La victoria de la danesa llegó bajo el dictado del tiempo. El sol apretó entre las nubes bajas. Se discutió bajo 30 grados de temperatura y un altísimo 70% de humedad. Durante toda la primera manga, Wozniacki defendió desde el muro que levantó en el fondo de la pista. Ella, con un escudo por raqueta, encontró una vez tras otra la forma de contestar los tiros de su rival, que exploró con tino los ángulos de la pista. No fue un problema para la danesa, acostumbrada a recuperar bolas imposibles, maestra de las defensas imposibles. Eso desesperó a la china, que acabó con los mismos ganadores que Wozniacki (19), pero sumó 11 errores no forzados más (32 por 21) mientras se lamentó por los trenes que dejó pasar.

Peng, número tres del mundo en dobles y distinguida en el vestuario por pegar a dos manos la derecha y el revés, le tomó la delantera varias veces al encuentro. Siempre, sin embargo, se encontró en la misma situación, incluso cuando llegó a sacar para ganar la primera manga (con 6-5) y pegarle un bocado a la semifinal: cada vez que consiguió romper el servicio de la danesa vio cómo su contraria le devolvía el golpe. Así se llegó al tie-break y allí creció Wozniacki, que mezcló con pericia las alturas y cambió los ritmos para atar un parcial que enterró físicamente a la número 39 del ránking.

La china, sensible a las altas temperaturas (vomitó en el pasado Abierto de Australia durante su partido ante Kurumi Nara cuando una ola de calor extremo arrasó Melbourne), pagó el peaje de la primera manga en el corazón de la segunda. Tras más de una hora cociéndose en intercambios que a menudo superaron los 20 golpes, el cuerpo de Peng dijo basta. Con calambres recorriéndole la pierna, la jugadora de Hunan se fue de la pista apoyada en una fisioterapeuta de la WTA. Cuando regresó, con intención de no sacar bandera blanca, se derrumbó, marchándose esta vez para siempre y en una silla de ruedas. Wozniacki, que cruzó la red para consolar a su rival, apenas celebró su segunda final en un grande, lo que tardó cinco años en volver a lograr.

Mientras Peng era atendida en el vestuario después de abandonar el partido, Serena Williams lanzaba un avisó a la danesa. La número uno del mundo llegó a su primera final de Grand Slam en 2014 después de atropellar a Makarova en una hora. Tras aterrizar en Nueva York rodeada por las dudas que le han acompañado durante toda la temporada (octavos en Australia, segunda ronda en Roland Garros y tercera en Wimbledon), la estadounidense las despejó una a una según avanzaron las rondas del torneo, a golpetazo limpio y rugidos atronadores. Ahora, ya vislumbrando la copa de campeona, Williams y un reto: ganar 18 grandes y dar otro paso más hacia donde muy pocas han llegado.

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