Klizan hace de Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

En los cuartos de final del torneo de Pekín, Rafael Nadal no sobrevivió a la prueba más dura desde que regresó después de tres meses de baja por una lesión en la muñeca derecha. Martin Klizan remontó 6-7, 6-4 y 6-3 al campeón de 14 grandes, que llegó a tener 4-2 y bola de rotura en la segunda manga y se adelantó en la tercera (3-2 y saque). El eslovaco, rival siempre incómodo para el mallorquín (se adelantó en los dos partidos anteriores, disputados en Roland Garros 2013 y Wimbledon 2014), reaccionó como los mejores: puso la diana en el segundo saque del español, sobre el que ganó 26 de los 38 puntos disputados, atacó sin pensar (33 ganadores) y demostró que inspiración le sobraba para haber pintado una obra de arte (30 errores, un cifra fabulosa para los riesgos que asumió). Nadal, romo al inicio, batallador después y sobrepasado al final, se despidió con lo que vino a buscar en su primer torneo desde Wimbledon (ritmo), pero con la sensación de que podía haber estado en la pelea por la copa. Con Klizan, que días atrás levantó cuatro bolas de partido en su primer encuentro de la clasificación contra el local Gao (927 del ránking), perdió su primer encuentro frente ante un jugador de la fase previa en 10 años.

El español vivió entre tinieblas el arranque del partido tras un mal gesto en su rodilla derecha durante el calentamiento, lo que quizás despertó sus temores más profundos. Sorprendentemente, Nadal se atascó en la lectura del encuentro, que empezó al aire libre y en tres juegos pasó a jugarse bajo techo. Su cabeza no gestionó la vertiginosa velocidad de la batalla. La pelota le quemó en las cuerdas de la raqueta. Las decisiones fueron malas, impropias de un maestro de la estrategia. Con las ideas descosidas, el campeón de 14 grandes buscó agarrarse a su plan de toda la vida, que pasa por imponer la fuerza de su drive aprovechando la ventaja que le otorga no ser diestro. Ante Klizan, zurdo como él, eso quedó en nada porque no pudo acorralarle sobre el revés para golpear luego su afilado drive hacia la otra zona de la pista, que normalmente es una autopista sin tráfico. De derecha a derecha, el número 56 no se atragantó como tantos otros y respondió con cañonazos que desconcertaron a Nadal, llevándole al límite, hundiéndole en las esquinas, inclinándole lentamente. En consecuencia, el número dos se quedó sin respuesta.

Nadal compitió con las ideas descosidas, sin saber leer el encuentro ante un zurdo

Klizan rastreó la victoria como acostumbra. El gigantón con percha de púgil embistió violentamente sin pensar en las consecuencias, enseñando todas sus cartas en un par de tiros, descubriendo los trucos de su chistera a la primera. El eslovaco destruyó los intercambios a martillazos. Si el número dos quería diálogo, una discusión con argumentos, el número 56 implantó el soliloquio como ley del pulso. Se compitió a cañonazos y Klizan reinó alegremente, escupiendo ganadores como la lava que rebosa del volcán. Nadal encajó los guantazos con entereza: se defendió a manotazos, usó mucho el revés cortado para impedir que su contrario generase más brío a sus acometidas y se movió con rapidez para cubrirse el golpe a dos manos, que a menudo devolvió sin veneno. Klizan, dominador desde el arranque, tembló lo suficiente para arropar a su contrario, que luchó poniendo la garra por encima de los golpes.

Ocurrió que la sangre fría del curtido francotirador dejó paso al vértigo del novato equilibrista. El eslovaco, que arrebató el saque a Nadal tras desaprovechar las cuatro primeras bolas de rotura del encuentro, llegó a sacar por la primera manga (5-4). Tan pronto se encontró cerca de hincarle el colmillo al encuentro como se encontró paralizado. En una reacción a tirones, el mallorquín se decidió a ganarle metros a la pista. Eso, en un partido de alta tensión, fue como meter un cable con corriente en una piscina. Del choque de golpes nació un tie-break intenso: Nadal escaló desde un 0-2 inicial hasta el 6-4, que su contrario protegió con valentía (6-6). Solo el corazón del mallorquín le permitió ganar un set que su rival merecía mucho más que él.

El español desaprovechó ventajas en las dos últimas mangas del partido

Pese a que Nadal le rompió el saque primero en la segunda manga y cercó el triunfo, Klizan jamás sacó bandera blanca. El eslovaco, ejemplo de que a veces querer es poder, siguió a lo suyo: pegar, pegar y pegar sin mirar atrás, sin memoria, con los ojos cargados de adrenalina. El campeón de 14 grandes, que aceptó el tiroteo como la única regla del partido, se quedó helado: con 4-2 y bola de rotura, su contrario le propinó un parcial de 0-4 (de ese 4-2 a 4-6) rompiéndole dos veces el saque, explotando las carencias de su segundo servicio (28% de puntos ganados) y abrochando la segunda manga. En la tercera, Nadal volvió a morder primero y a desangrarse después (de 3-2 y saque a 3-6). Cuando el eslovaco se golpeó el pecho para celebrar la victoria, el campeón de 14 grandes agachó la cabeza después de dejar pasar incomprensiblemente dos ventajas en los dos últimos parciales del duelo. La radiografía de sus problemas estuvo clara: a un enemigo peligroso como pocos para su tipo de juego, sin valorar clasificación o galones, se sumaron la falta de automatismos a la hora de resolver los problemas, algo que solo da la competición, y una pizca de mordiente en algunos tiros.

El mallorquín, que llegó a Pekín buscando partidos en las piernas, viajará ahora a Shanghái para disputar el último torneo de la gira asiática y regresar luego a Europa. Para entonces, con la Copa de Maestros de Londres como objetivo, debería estar preparado. Tres partidos en China bastaron para demostrarlo: a falta de algunos ajustes, las secuelas de la lesión están casi curadas. 

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