Nadal se acerca a Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de Melbourne

Mikhail Youzhny, el número 49 del mundo, aterriza sobre la Rod Laver Arena dispuesto a remover las dudas de Rafael Nadal. Es la primera ronda del Abierto de Australia y el campeón de 14 grandes llega de tiritón en tiritón después de caer en los octavos de Wimbledon con Nick Kyrgios, renunciar a Canadá, Cincinnati y el Abierto de los Estados Unidos por una lesión en la muñeca derecha, someterse después a una operación de apendicitis cuando intentaba regresar a la competición en la recta final de la temporada y tropezar en el primer torneo de 2015, inclinándose contra el alemán Berrer en Doha, un tenista que cuenta los días para su retirada. El ruso, que además de saber todo eso es perro viejo, arranca jugando de línea a línea, aprovechando que el mallorquín está aún demasiado tierno y que sus tiros navegan hacia la media pista, sin profundidad para emborronar el revés a una mano que tanto se agrieta con los tiros combados de su oponente. Esa determinación se agota tras 15 minutos: con 2-2 en la primera manga, el número se procura dos bolas de rotura, que no convierte, y desde ese momento conjuga una notable sinfonía tiros, piernas e ideas para quitarse el moho que arrastra, gana parte de la continuidad perdida en el parón y acelera 6-3, 6-2 y 6-2 hacia su primera victoria del año. Ahora, en la segunda ronda del torneo se medirá al americano Smyzcek (7-6, 7-5 y 6-4 a Luke Saville) con una certeza en la cabeza: Nadal es hoy más Nadal que ayer.

“Lo más importante es haber podido ganar porque era un encuentro duro mentalmente”, celebra el ganador aún sobre el cemento. “Claro que faltan detalles, pero solo se pueden conseguir jugando más partidos”.

Es verano, pero sopla una ligera brisa mientras el gentío recibe al mallorquín, que en 2014 abandona la pista bañado en lágrimas tras perder la final con Wawrinka después de quedarse clavado en la espalda. Hay camisetas de España en la grada y desde esas butacas llegan gritos de aliento. Después, el inicio del encuentro destapa los síntomas de la inactividad. Youzhny, que tiene 32 años y un buen puñado de partidos en las piernas, va con la lengua fuera. Es perder el centro de la pista y no volver para recuperar, dejándola descubierta, abierta como la ventana de una habitación por la que se cuela el viento. Nadal, sin embargo, no se atreve a entrar sin tocar en el cristal, no es capaz de buscar el tiro definitivo que todas esas situaciones le piden a gritos. El número tres, lejos de la línea de fondo, juega corto y con un margen de seguridad extremadamente alto, como olfateando el entorno agazapado antes de explorarlo por completo. Eso, no obstante, dura un chispazo: lo que el español tarda en enseñar el colmillo. 

Llegan las dos primeras bolas de break del encuentro (2-2, 15-40), desaprovechadas por Nadal. Aparecen los problemas, que es lo que reclama el mallorquín. Situaciones que resolver. Decisiones que tomar en un segundo. Momentos que superar. Competición a corazón abierto. Y entonces, agarrado a un saque fantástico (sacrificando potencia por porcentajes, traducido en un 88% de puntos ganados con primer servicio y 85% con el segundo) el mallorquín  construye el camino hacia el triunfo desde la regularidad, asumiendo también los riesgos que exige la pista rápida (37 ganadores por 17 errores) y explotando el de su rival, que se ahoga en la inmensidad del pulso, con los pulmones pidiendo auxilio en subidas a la red destinadas a fracasar incluso antes de nacer.

“¡Vamos matador!”, azuza entonces un aficionado al que le siguen varios más a coro. Y Nadal, tan pasivo como dubitativo en el primer cuarto de hora, compite razonablemente bien hasta que levanta los brazos victorioso. Hay mucho del jugador que en Catar arrasa a Berrer durante la primera manga. También del tenista granítico que golpea la pelota desde las dos alas con confianza. Algo del campeón indomable. Falta, en cualquier caso, coordinación en las transiciones defensivas, pausa en los momentos delicados y la capacidad para leer los puntos del encuentro con la precisión que tiene el cirujano con el bisturí en la mano. Eso persigue Nadal: los automatismos imprescindibles para abrirse camino hacia el título en Melbourne.

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