A Nadal le quedan dos escalones

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Los últimos peldaños de la escalera ya están a la vista. Rafael Nadal ganó 6-4 y 6-1 a Juan Mónaco la final del torneo de Buenos Aires y celebró su primer título en nueve meses (Roland Garros 2014) después de caer a la primera en Doha, ceder en cuartos del Abierto de Australia y perder un partido que tenía ganado en las semifinales de Río. La victoria tiene varios efectos. Para empezar, le permite sumar 46 copas sobre tierra batida (a tres del récord de Guillermo Vilas, que tiene 49) y desempatar con el sueco Borg y el estadounidense Sampras (64) en trofeos totales, entrando en el top-5 de tenistas con más cetros en la historia (Era Open, desde 1968). Además, y pese volver a ganar en una cita de la menor categoría (250) sin cruzarse con un top-50 en toda la semana (146, 59, 74 y 60 del mundo), el español se marcha de Argentina con la certeza de estar más cerca de ser el competidor para el que lleva trabajando desde diciembre, con gran parte de los automatismos recuperados y la continuidad mantenida sobre el albero, todo un avance. En consecuencia, la corona de campeón pone en el mapa al número cuatro, que volverá al tres desde mañana, y le deja casi listo a días de su última gran prueba, que afrontará en los dos primeros Masters 1000 de la temporada (desde el próximo 12 de marzo). Antes de viajar a Indian Wells y Miami, donde estarán los mejores del mundo, que también son sus rivales directos, el mallorquín logró lo que más confianza le puede dar: juegue bien o mal, nada como ganar un torneo.

“Objetivo cumplido”, se arrancó Nadal sobre la pista tras conquistar el título, que le entregó Gastón Gaudio, el jugador que le derrotó en los cuartos de 2005, su única participación en Buenos Aires. “Me hacía mucha ilusión ganar aquí y desde el primer día he intentado entrenar al máximo para hacerlo bien”, siguió. “Aspiro a competir bien, a jugar un buen tenis, y hoy he jugado mi mejor partido sin ninguna duda”, prosiguió. “Vengo de una temporada que no está siendo fácil, entre lesiones y accidentes”, recordó sobre sus problemas de 2014 (espalda, muñeca y operación de apendicitis), todo un rosario de contratiempos. “El principio de año ha sido complicado después de un período fuera, pero estoy encontrando las sensaciones y espero que esta semana me de confianza para seguir bien”, insistió el mallorquín. “Cuando las cosas no salen bien durante un tiempo, todo es más difícil y parece que no llega, pero si uno le pone ilusión y trabajo, la recompensa viene”.

La final comenzó tres horas más tarde de lo previsto como consecuencia de la lluvia. Los oponentes, que salieron a pista cuando los paraguas no se habían cerrado, solo pudieron disputar un par de juegos antes de volver al vestuario (con 1-1) porque la tierra era barro y los desplazamientos suponían un peligro para el cuerpo. Con los rostros bien mojados y las zapatillas enfangadas, eso era de todo menos tenis. Sobre el lodazal, tres veces arreglado por los operarios, el español y su oponente echaron un pulso desigual, porque el primero atacó la victoria con unas armas que el segundo se dejó en el vestuario.

Con el día plomizo, Nadal no pudo jugar la altura y el peso de siempre, dos de sus constantes habituales. Cambiar el planteamiento le costó lo mismo que a un crío elegir sus regalos de Reyes Magos. El campeón de 14 grandes dio un paso adelante y encontró en su derecha paralela el argumento para imponerse en el debate. Midiendo bien sus movimientos en un terreno inestable, poco adecuado para intercambios largos y apoyos fuertes, el español descubrió en ese golpe diferencial, tan desequilibrante, tan brillante, la solución a una tarde incómoda, un examen para francotiradores de pulso lento y escapistas profesionales.

Mónaco pagó el esfuerzo de la víspera (2h27m para derrotar a Almagro en un encuentro agotador) desde el primer momento. Con fatiga muscular, le exigió poco al mallorquín. Nunca supo si las dudas que removió Fognini en Brasil hace una semana seguían por ahí, dándose paseos por la cabeza de Nadal. El argentino, tradicionalmente derrotado con holgura por el número cuatro, buscó sin convencimiento el triunfo en un encuentro que perdió antes de jugar el primer punto, de nuevo impresionado por la dimensión de su rival, que alzó los brazos cuando la copa ya era oficialmente suya.

Así, el español se marcha de Argentina después de completar una gira de tierra que le ha visto dar pasos tan cortos como seguros. Si en Río cerró una semana sin dominar por completo ninguno de los partidos que disputó, despidiéndose tras dejarse remontar una semifinal que dominaba claramente, en Buenos Aires sucedió todo lo contrario: el campeón de 14 grandes coronó una semana que gobernó desde la regularidad, sin destellos ni altibajos, algo que le hará mucha falta cuando pise Indian Wells para medirse a los mejores tenistas del planeta. De momento, a Nadal le quedan dos escalones por subir: derrotar a uno de esos gigantes y alzar otra copa, esta vez en un torneo de máxima exigencia.

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