Nadal, estreno sin claroscuros

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

“No sé qué hacer”. En la segunda ronda de Indian Wells, Igor Sijsling sintetizó su desesperación en una sencilla frase que se escuchó en todo el estadio. Antes de despedirse de California, el holandés ganó un solo punto sobre el primer servicio de Rafael Nadal, viendo cómo su rival levantaba una empalizada parar debutar con victoria (6-4 y 6-2) en el primer Masters 1000 de la temporada, donde ha celebrado el título en tres ocasiones (2007, 2009 y 2013). El español, rapidísimo de piernas, tan ligero como un gamo, compitió abrigado por su saque (perdió siete puntos de 44 disputados), se movió con orden y criterio, ni una mala decisión, y coronó un encuentro amable para citarse el próximo martes con Donald Young (6-4 y 6-2 al francés Chardy) por los octavos de final. Aunque la fragilidad de su oponente le permitió cruzar la pasarela hacia la tercer ronda con calma, abandonando la sensación de peligro constante, esa bocanada de aire frío en el cogote tan habitual en los últimos tiempos, el campeón de 14 grandes amarró la victoria sin altibajos, algo que no había logrado en toda la temporada sin importar si su contrario era uno de los mejores del mundo o un completo desconocido (derrotas ante el 127, 124 y 144 del mundo en los últimos meses). Al final de la noche, una evidencia: el triunfo dejó al mallorquín más cerca de ganar el pulso que mantiene contra sí mismo desde que volvió al circuito en enero.

Nadal apareció al ritmo de Stronger (“lo que no te mata te hace más fuerte, lo que no te mata enciende un fuego”) y no hubo letra más oportuna para su reencuentro con el cemento. El regreso a la pista dura (por primera vez desde los cuartos del Abierto de Australia, donde cayó con Berdych) descubrió a un tenista sin una sola grieta, cuando podría haber sido todo lo contrario (cambio de superficie, primera ronda y un rival al que nunca antes se había enfrentado). La ecuación se resolvió en el presente, pero el peso del pasado influyó positivamente. Ganar el título en Buenos Aires tonificó su confianza, reforzó una vez más la idea de que el trabajo siempre es la solución y le preparó para competir en la gira por Estados Unidos (luego jugará en Miami), que es el trampolín para llegar preparado a la temporada de tierra batida europea (Montecarlo, Barcelona, Madrid y Roma), con Roland Garros como meta de esa carrera de fondo.

En su estreno en Indian Wells, el número tres se fue a por Sijsling sin medianías, directo al pescuezo: le rompió el saque en el primer juego del partido (0-1), alimentó esa ventaja ganando sus turnos de servicio con holgura (solo se enfrentó a una bola de rotura, cuando sacaba por la victoria al final del duelo) y examinó el filo de su raqueta atreviéndose a buscar los paralelos, el tiro que históricamente ha marcado su grado de seguridad, conectando un puñado de pasantes con el revés y cambiando las direcciones de los golpes con facilidad, como el espectador que zapea frenéticamente, saltando de un canal a otro con tan solo apretar un botón en el mando a distancia. No fueron las únicas señales de que las piezas están casi engrasadas. El campeón de 14 grandes se movió con la agilidad del leopardo, no se cubrió el revés con la derecha, pegando con entereza a dos manos (arma que siempre le ha acompañado en sus grandes conquistas sobre pista rápida), y supo gestionar la sorprendente ansiedad que en las últimas semanas ha padecido con el marcador a favor. Adiós, vértigo. Hola, sosiego.

En cualquier caso, Sijsling, demasiado verde para un pulso de máximo nivel (nueve derrotas en 10 partidos frente a jugadores del top-10), jugó de borrón en borrón y no encontró la forma de restar los saques que Nadal cargó sobre su revés a una mano, la diana que el mallorquín martilleó persistentemente. No fue diferente con la bola en juego. Los tiros cortos del holandés empujaron al español a entrar dentro de la pista para acabar con veneno esos intercambios azucarados. Cuando el 134 mundial tuvo la ocasión de levantar el dedo (con 30-40 en último juego del encuentro), la clase ya había terminado.

Al mallorquín, que mañana jugará contra Marc López y Marcel Granollers acompañado de Pablo Carreño en el cuadro de dobles, le espera Young en tercera ronda. El estadounidense, al que un día compararon con John McEnroe, aterrizará en el partido con el aval de un año fabuloso (final en Delray Beach, semifinales en Memphis y cuartos en Auckland) y sin la presión con la que cargará el número tres. Después de dar un paso al frente, cerrando una victoria sin claroscuros que vale más por las sensaciones que por la importancia de la ronda o la dimensión del rival, Nadal no puede detenerse.

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