Nadal, el infranqueable

Rafael Plaza desde la ciudad de Montecarlo

Al final de la tarde, Rafael Nadal cerró el puño con tanta fuerza que casi se pudo oír. Para sellar su pase a los cuartos de final del Masters 1000 de Montecarlo, donde le espera Stan Wawrinka (6-1 y 6-2 al francés Simon), el mallorquín dio una lección de buen juego y resistencia: la victoria, que llegó tras un despliegue impecable, le vio salvar 15 de las 17 bolas de rotura a las que hizo frente, una estadística imposible en un día para cabezas fuertes.

Thiem atacó la victoria con el convencimiento de alguien que se cree capaz de mover una montaña. Cuando el partido todavía llevaba pañales, el austríaco arrebató el saque a Nadal (2-1) y  le avisó de lo caro que iba a costarle el triunfo. Bien plantado en el fondo de la pista, el joven de 22 años consiguió lo nunca visto en un partido de tierra con Nadal de protagonista: obligó al mallorquín a utilizar la dejada como recurso habitual porque desde atrás no podía superarle. Eso, que al principio fue una situación habitual, fue cambiando según avanzó el reloj, después de que el número cinco recuperase la desventaja (3-3) y volviese al cruce por la puerta grande, dispuesto a pelear cada pelota con el alma.

Con el partido igualado, los oponentes se empeñaron en repetir la misma táctica. Nadal buscó el revés de Thiem, intentando aprovechar que el austríaco lo golpea a una mano para hurgar en esa herida, la misma que tantas veces ha provocado una hemorragia a sus contrarios a lo largo de su carrera. Thiem atacó el revés de Nadal, huyendo de su derecha como el ciervo que escapa del fuego. No quiero ver tu drive ni en pintura, vino a decirle con sus acometidas por la otra zona de la pista. Así, de revés a revés, se formó una batalla fabulosa que puso al graderío en pie varias veces para reconocer el nivel de ambos.

Llegados a ese punto, Thiem ya había dejado algunos pasantes inverosímiles, desde lugares donde las cámaras de televisión no alcanzan a grabar. Jugando a estacazos, con una fuerza atroz en sus tiros, el austríaco midió cómo de altas eran las barreras de Nadal y no pudo hacer otra cosa que abrir mucho los ojos, asombrado por lo que vio: Nadal salvó 15 de las 16 bolas de rotura a las que se enfrentó en la primera manga, una barbaridad. El 14 mundial lo toleró con sorprendente madurez: en lugar de decir basta, para ti el premio gordo, lo siguió intentando sin perder nunca la esperanza de lograr un break que no llegó.

Sin embargo, en cada situación límite, Nadal encontró la tranquilidad que le había faltado en otros partidos de la temporada. Nunca jugó mal una de esas ocasiones de rotura, nunca se equivocó a la hora de decidir cómo hincarle el diente a la presión. Eso se trasladó al partido completo: a diferencia de Buenos Aires, donde el mallorquín cometió un puñado de errores infantiles y regaló las zonas decisivas de la pista, en Montecarlo jugó pendiente de no dejar la puerta abierta.

El salto de nivel se resumió en una primera manga coronada en 1h20m y en una victoria irremediable. Nadal, el infranqueable, sigue vivo en Montecarlo. Sin Djokovic, y a lomos de un gran nivel, todo es posible para el mejor jugador de la historia sobre tierra batida.

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