Verdasco enmudece a Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de Melbourne

Al final del partido, no hicieron falta bolsas de hielo para sofocar el calor de los contrincantes ni cremas protectoras en los rostros de los aficionados. Cuando Fernando Verdasco levantó los brazos después de más de cuatro horas y media de tira y afloja, el sol se había escondido entre las nubes de Melbourne y la noche se asomaba por encima de la cubierta de la Rod Laver Arena, escenario de un drama increíble. En su estreno en el Abierto de Australia, Rafael Nadal dijo adiós 7-6, 4-6, 3-6, 7-6 y 6-2 ante el madrileño, que acabó el partido con un resto fulminante para inclinar al campeón de 14 grandes, destronado en su debut en el primer grande de la temporada. Ese resultado escondió una agonía: el número cinco se marchó de sopetón tras perder un encuentro que jugó mal, competido a fogonazos y con una línea irregular en todo momento. No fue un milagro, fue Verdasco enterrando a Nadal con 90 ganadores y saques a más de 214 kilómetros por hora, una barbaridad.

El mallorquín intentó cumplir lo que se había pasado semanas entrenando, pero le costó llevar esos conceptos a la competición. Nadal no encontró su primer servicio (por debajo del 50% en el arranque, un 64% al final), fracasó en la búsqueda de golpes ganadores (solo tres en los primeros 50 minutos de partido) y careció de la decisión necesaria para ir al encuentro con la pelota, lo que se tradujo en una pérdida de la iniciativa en el tú a tú con su contrario. Además, fue incapaz de vivir con tranquilidad sus turnos de saque, algo en lo que había insistido con sus entrenadores durante la pretemporada. En consecuencia, se pasó toda la tarde con el agua al cuello, sufriendo frente a las acometidas de su decidido rival.

Verdasco atacó el encuentro espoleado por la motivación que le provocó el escenario (la pista central de un Grand Slam), el rival (un campeón de 14 grandes) y los precedentes (vencedor en dos de los tres últimos partidos ante Nadal). Así, el madrileño se plantó sobre el cemento y comenzó a repartir desde las dos alas de la pista con contundencia. Como su contrario le ofreció la oportunidad de mandar en los intercambios, como además restó varios metros tras la línea de fondo (perdiendo otro de los propósitos que se había impuesto a finales de 2015), el número 45 jugó a placer, con todo de cara para hacerse gigante, moviendo la bola como si fuera una comenta en una tarde sin viento.

A Nadal, sin embargo, le pueden fallar los nervios (lo que ocurrió en algunos momentos cruciales del partido, como en el tie-break de la primera manga, donde cometió una doble falta con 6-6) o la claridad de ideas (en el principio del cuarto set), pero jamás el espíritu, la cabezonería, el instinto de supervivencia. En un ejercicio de coraje, el mallorquín se arremangó para pelear por la victoria en un partido empinado donde estuvo siempre en manos de su contrario. Fue en vano. Como casi siempre, el rumbo del encuentro lo marcaron los aciertos y los errores de Verdasco (90 ganadores por 91 errores no forzados), que fabricó golpes de museo, espectaculares, incontestables.

El madrileño, que como la mayoría saca pecho ante los retos, no agachó la cabeza tras verse a un set de la derrota. Al revés, Verdasco subió una marcha más, empujando a Nadal con tiros que dejaron de piedra al mallorquín. De línea en línea, el número 45 llegó a la quinta manga. Pasadas las cuatro horas de partido, con las luces encendidas y el gentío enloquecido, Nadal celebró un break como si le fuera la vida en ello. Se colocó 2-0 y entonces se imaginó con el triunfo. Ya está, pensó seguro. Nada más lejos de lo contrario: Verdasco remontó le endosó un 6-0 de parcial para sellar una victoria espectacular.

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