Incontestable Serena

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

Un honroso respeto al deporte femenino. Bajo el sol del mayo italiano, con una número 1 mundial y una líder nacional por bandera, un argumento profesional respetado a la altura de su mérito. La final del torneo de Roma, antesala inmediata de Roland Garros, porque se disputa siete días antes del coloso de arcilla, entregó a Serena Williams y Sara Errani a los brazos de un gentío entregado. La americana, que prevaleció dando la razón al pronóstico menos osado (6-3 6-0), revalidó la corona italiana y subrayó su cartel de principal candidata al segundo Grand Slam del año. Antes de eso, un baño de masas. Himno nacional cantado en pista, plagadas las gradas por un público en pie, dando palmas y coreando con banderines al aire. Todo eso lo escuchó Williams en la bocana del campo y también lo vio Sara, primera tenista local capaz de pisar el último partido desde 1985. “Viva el tenis italiano!” se escuchó en el templo tenístico de un país donde ellas silencian a ellos. Un festival tremendo. Tal era la algarabía concentrada en pista que Errani, olvidando posar para la correspondiente foto, fue incapaz de escuchar en primera instancia los gritos Mariana Alves, la juez de silla bramando “¡Sara, Sara!”, advirtiendo de la grieta en el protocolo.

Era la única llave al partido. Una arenga ensordecedora capaz de traumar a Williams, borrar cualquier lógica y disparar la adrenalina de Sara donde no llega el cuerpo. Errani, que reconoció sacar fuerzas del gentío cuando estuvo “muerta” en la semifinal, necesitaba conectar con las butacas para doblar el imposible: hacer olvidar el 6-0 6-1 en la semifinal del último Roland Garros que actuaba como precedente más fresco. Porque Serena, tres escalones de potencia por encima de la italiana, no dudó en mostrar el plan devastador. Restando los primeros servicios de Errani bien metida en pista, dejando atrás la línea de fondo. Un acoso en el desperezo que padece la boloñesa, con las carnes abiertas cuando apenas hubo pestañeos. Golpeada por un ritmo de pelota inalcanzable e incapaz de repartir juego con la derecha, habitual antídito para domar los partidos, la italiana pidió oxígeno, buscando ideas en el entrenador cuando el encuentro descontó diez minutos y el marcador apenas tres juegos (3-0). Es el poder de Serena, capaz de resquebrajar en un momento las mentes más fieras del circuito.

Serena Williams ya es la tenista en activo con más títulos (11) sobre tierra batida

“Mirame a los ojos. Quiero que juegues tu tenis” espeta Pablo Lozano a una mujer angustiada”. “Quiero que te olvides de lo que tienes delante. Estamos todos contigo, vamos a empujar contigo. Todas las derechas que falles son nuestras. Todos los reveses que tires fuera, son nuestros. No te preocupes”, una música de esfuerzo coral, pues detener a Serena requiere el valor de mil hombres. “Sal ahí e intenta empujar mucho, tirar mucho. No te estoy oyendo. Necesito oírte en cada tiro. Necesito que sufras de corazón, que rompas a correr, a sudar”. Un corazón caliente con la garganta encogida. “Me da igual que ganes un juego o seis si no ganas el partido. Me da absolutamente lo mismo” escucha una mujer acostumbrada al control pero que con una treintena de imprecisiones cerrará el partido. “Necesito que le ganes . Y para ganar necesitas jugar bien, tirar y tener un estado de ánimo tranquilo”.

Es una tortura continua. Serena carga el juego sobre el revés de Errani, buscando una pelota corta o un cambio de dirección para atacar con su derecha. El patrón cruzado, un misil que surca la pista a la velocidad del rayo, va directamente al forehand de la boloñesa, el único arma con el que aspirar a la iniciativa, que es bombardeado sin descanso. “Procura que la derecha cruzada no te pille y empújale al revés”, le recuerda Lozano antes de terminar el sermón. “Pero que no te pille con el revés paralelo como pasó con Li Na”, le subraya sobre el peso de responder con medias tintas al arreón cruzado. La derecha tiene que ser winners cada vez. “¡Anímate!”.

Las palabras infunden coraje en Errani, que llega a salvar pelota para 0-4 y aprieta los dientes por minutos. Un esfuerzo que le permite discutir los dos siguientes servicios de la americana, firmando un deuce y posteriormente volviendo a recuperar el break entregado (3-4). Ahí, una mujer que también firma la final de dobles, cruza el umbral físico, Pues entregará en blanco su siguiente servicio, sin llegar a pelear siquiera por la última bola, un mortero de Serena que limpia el blanco del fondo. Una visita al vestuario devuelve a una Errani con el muslo izquierdo lleno de esparadrapo, el gesto torcido y la conciencia del adiós al partido.

Errani, con el muslo izquierdo vendado, entregó los últimos 8 juegos del partido

Serena, que solo permite 4 winners al rival, cierra el primer set desconsolada por puro perfeccionismo: ha tirado mucho (16 tiros ganadores ante un muro como Errani) pero ha entregado bastante (otros 16 no forzados). La segunda manga no aguanta debate alguno. Con Sara arrastrando el cuerpo, pues una movilidad excelsa torna en torpe trasiego, Williams da bocanadas sin clemencia perdonando apenas 5 puntos. Errani, en uno de los partidos más emotivos de su carrera, terminó hundiendo la cara en la toalla, mordiendo la tela con los ojos enrojecidos. Es la impotencia calmada en un trapo y la pura soledad en un estadio repleto.

Serena marcó el día con premisas de alivio. Porque cada vez que ganó Roma, 2002 y 2013 como precedente, embarcó con destino a un título en Roland Garros. Porque revalidar corona en la ciudad eterna fue un aviso de autoridad, pues se situó como la tenista en activo con más cetros en tierra batida (11). Y porque tras bajar por lesión en Madrid, a siete días de pisar París, se descubrió preparada para proteger su corona en el Grand Slam del año.

  • Esteban Parra

    Serena favorita y secundarias Li, Halep y Sharapova. Veo difícil que Roland Garros salga de ahí. Una lástima lo de Errani.

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