Ferrer sobrevive a un bombardeo

Rafael Plaza desde la ciudad de Valencia

Bombas caen sobre el suelo del Ágora mientras resuenan las explosiones bajo la nacarada bóveda de la pista central. David Ferrer revolotea por el cemento como una avispa alrededor de las flores. Picando aquí y allá. Consciente de que la paciencia es el único camino hoy hacia la victoria. El horizonte, no obstante, se tiñe de negro. Jerzy Janowicz, su rival en los cuartos de final del torneo de Valencia, pierde el primer set por cuatro puntos y hace suyo el segundo con un puñal entre los dientes. Alza el puño, ruge y abre las puertas del infierno. Es el parcial definitivo, terreno de campeones, y Ferrer aterriza tras encajar un golpe en la mandíbula, maniatado. Lo que sucede, sin embargo es increíble: el alicantino reduce al número 15 del mundo a 7 puntos (¡6 con su servicio!) y le inclina por 6-4, 4-6 y 6-0, cerrando su pase a las semifinales que disputará ante el ganador del duelo entre Nicolás Almagro y Fabio Fognini.

El primer punto del partido desvela todas las intenciones del polaco. No ha volado la pelota un par de veces sobre la red, no marca el cronómetro un minuto, cuando Janowicz surca la pista a lo largo con dos golpes paralelos y fabrica una dejada. A Ferrer, que se las conoce todas porque es perro viejo, no le sorprende. No obstante, el jugador que hoy le reta más de 300 días después de perder la final de París-Bercy es una transformación de aquel que se inclina en el último Masters 1000 de la temporada en 2012.

Janowicz, calor y frío, blanco y negro, día y noche, es un tenista de dos ritmos: si sus envenenados tiros planos, juego directo y profundo al corazón del rival, empujan a Ferrer tres metros tras el fondo de la pista, sus diagonales dejadas en mitad de un intercambio, puro arte en movimiento, son la calculada sentencia a cada punto competido en el fuego de la batalla. Esta es la evolución del cañero tradicional. Además de arrojar misiles al servicio y disparar antes de preguntar, el polaco tolera los intercambios. Sus 203 centímetros no son una barrera lo suficientemente alta como para impedirle moverse con soltura, libre de las cargas que implica tener esa altura. Ferrer observa lo que ocurre y mil preguntas brotan en su cabeza.

¿Cómo frenar semejante binomio de potencia y delicadeza? ¿Qué hacer ante un gigante con el tacto de un virtuoso? ¿Dónde encontrar un escudo para repeler los golpetazos, una adarga para protegerse de los saques y unas piernas sin miles de kilómetros para llegar preparado a las dejadas? Ferrer, por supuesto, nunca se rinde. Si Janowicz le cita en la red, allá que va el español una y otra vez, aunque acabe estrellando la bola contra la malla. Si el polaco encadena tres saques directos, el número tres mundial se lanza a restar el cuarto como si el juego acabase de empezar. Si de la raqueta del joven de 22 años salen llamas como de la boca del dragón, Ferrer corre tras la pelota como si le fuese la vida en ello, devolviendo siempre una más, negándole las posiciones estáticas, donde el polaco muerde. Es 5-4 y el español huele sangre. No se equivoca, claro. Dos errores del polaco le entregan la primera manga tras penar durante la mayor parte del set, pero el contrario posee un espíritu indomable que manda el encuentro a las profundidades el averno.

Janowicz tiene veneno en los ojos. Rabia. Él no es un joven sin hambre. Él, que un año atrás era un desconocido para el mundo, uno que jugaba con camisetas de júnior, ha escalado hasta la frontera del top 10 a base de arañazos, sufrimientos y sacrificios. Por eso, perdido el primer set por un par de detalles, enseña los colmillos. Donde otros bajan los brazos, Janowicz pega más fuerte. Roba el saque a Ferrer en el primer juego del segundo set y no le pesa la responsabilidad de dictar el ritmo del partido hasta igualarlo. Como broche, cierra el parcial con un saque a 240 kilómetros.

Así llega el duelo a la tercera manga. Entonces, aparece el Ferrer que gobierna bajo techo como sobre ninguna otra superficie. Se mueve como una gacela mientras no tira dos bolas iguales. En movimiento, Janowicz sufre horrores. Se desespera y entonces el agujero se hace enorme. Se rinde, aunque su carácter se lo prohíbe. Llegados a ese punto, Ferrer ya le ha leído el saque. La intuición inicial deja paso al conocimiento. Se compite con todo, más de lo que dice el marcador, pero el número tres mundial es una roca y Janowicz una pistola de agua. No hay partido porque sólo juega Ferrer. El polaco, con mucho que decir en el futuro, se marcha tras recibir el primer 0-6 en un cuadro final del circuito ATP, tras sumar una pírrica bolsa de 7 puntos. El español, que ha ido de menos a más desde su estreno en el último torneo español, peleará mañana por estar en la final del torneo de Valencia tras llegar rodeado de dudas.

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