A Federer le sobran ganas

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

En las semifinales de Dubái, un puñado de barreras derribadas. Roger Federer inclinó a Novak Djokovic (3-6, 6-3 y 6-2) y se citó con el checo Tomas Berdych (7-5 y 7-5 a Kohlschreiber) en la final buscando sumar 78 títulos. La victoria destapó un tarro sellado tiempo atrás: el suizo, que no ganaba un set decisivo a uno de los cuatro mejores jugadores de la clasificación desde 2010, remontó un encuentro a Nole por primera vez en su carrera (31 partidos hasta ahora) y en dos meses de temporada ya ha tumbado a tres de los 10 mejores jugadores del mundo (Tsonga, Murray y Djokovic), los mismos que en todo 2013. Djokovic se quedó blanco. Él, que dominó con mano de hierro el circuito entre 2011 y 2012, acabando la temporada pasada con una colosal racha de victorias, llevándose a Nadal dos veces por delante (Pekín y la Copa de Maestros), llegará a Indian Wells sin un trofeo en su hoja de ruta, algo que no sucedía desde la temporada 2006, y viendo cómo la brecha que le separa del número uno del mundo se hace cada vez más grande.

“¡Nole! ¡Nole! ¡Nole!”, gritó una parte de la grada mientras se discutía un partido a toda velocidad. “¡Roger! ¡Roger! ¡Roger!”, respondió la otra mientras las llamas rodeaban la batalla. El ritmo del encuentro fue vertiginoso. Federer buscó dinamitar los intercambios sin tomar decisiones equivocadas y se encontró con un Djokovic de cuerpo entero, exultante desde el principio del encuentro hasta la mitad del segundo set. El mérito del suizo fue evidente. Federer nunca le dio la espalda al encuentro. El campeón de 17 grandes, que no hace tanto habría bajado los brazos, remontó el partido anulando al número dos del mundo sin medianías. No fue una reacción cualquiera. No fue una victoria entregada por el rival. No fue un regalo. Fue un reacción de campeón con mayúsculas.

Djokovic, que compitió muy bien al principio y quedó apagado por todo lo que hizo el suizo según avanzó el reloj, vio cómo los libros estaban ordenados dentro de la cabeza del helvético cuando Federer salvó dos bolas de break al inicio de la tercera manga, justo después de lograr el break, y otras dos cuando sacaba por el encuentro, con la responsabilidad oprimiéndole la muñeca. Sorprendentemente, el serbio perdió la batalla en tres vertientes que recientemente siempre dominó: el físico, el fondo de la pista y la cabeza. Federer, brillante, abrochó un triunfo perfecto, como luego reconoció Boris Becker, el entrenador del número dos del mundo. Un voleador excelso, impulsado por las circunstancias de otra época, que contempló una obra de arte en la cinta firmada por Federer mientras posiblemente dentro de su cabeza hervían las ideas, pensando qué decir a Djokovic tras el tibio arranque de curso (derrotas en Australia y Dubái, dos templos sagrados) que le ha tocado pilotar desde la grada.

Recuperados los pasos cortos, esos que siempre le llevaron a golpear la bola en el sitio justo durante el momento más apropiado, Federer explotó su apuesta por el riesgo. Fue rápido y certero. Djokovic nunca esperó que el suizo corriese a revivir bolas que nacieron muertas de su raqueta, corriendo como si el cemento de Dubái fuese la arcilla de Montecarlo. El suizo, que durante la pasada temporada dejó destellos que no sirvieron para encender la llama, logró algo básico: regularidad. Compitió muy bien durante la mayor parte del encuentro. Atacó (26 ganadores), pero supo cuándo y cómo hacerlo para no desangrarse en errores no forzados (20 al final) que le habrían terminado costando el partido como tantas otras veces. Siguió decidido a irse hacia delante para cerrar las jugadas en la red (17 veces subió a la cinta y en 11 se volvió con el punto ganado), pero midió a la perfección qué momento era adecuado para asaltar esa zona sin recibir un golpe pasante como contestación.

El partido retrató todo lo bueno que Federer es capaz de hacer pese a tener 32 años: a su orgullo indomable y su físico privilegiado, por fin sanada esa espalda que tantas veces le maniató en el pasado, le siguieron unos golpes afilados para la ocasión. Un revés, que cuando voló paralelo deshilachó las legendarias trincheras de Nole y cuando lo hizo cruzado le desarboló, explorando las direcciones con facilidad, y la derecha de siempre, esa oda al tenis de ataque que no puede enseñarse porque es congénita. Por encima de todo, un síntoma: el hambre. Las ganas de demostrar que este campeón no ha muerto. Que una de las mejores raquetas de la historia tiene muchos versos por escribir. El vestuario entendió el mensaje a la primera: hay peligro ahí fuera. Cuidado.

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