El apagón de Muguruza

Rafael Plaza desde la ciudad de Melbourne

El repiquetear de las gotas sobre la cubierta de la Rod Laver Arena acompaña a Garbiñe Muguruza en su despedida de Melbourne. Bajo techo, en un día que nace teñido de negro, la española pelea su pase a los octavos de final del Abierto de Australia desconectada, quizás pensando en los dolores que tiene en el pie izquierdo, sensación que define como “una piedra en el zapato”, quizás pendiente de la exposición a la que está sometida tras su nuevo estatus en el circuito, quizás presionada por jugar su tercer partido seguido en la pista central del grande australiano. Barbora Strycova, su rival en la tercera ronda, aprovecha que se las sabe todas para transformar la oportunidad e hincarle el diente a la número tres (6-3 y 6-2 en 1h16m), clasificándose por primera vez en su carrera a los octavos de final en el primer Grand Slam de la temporada. Así se escribe el adiós de una de las candidatas a la copa en Las Antípodas.

“No he tenido un buen día”, resume Muguruza. “No he tenido la energía de otras veces y ella ha tomado el control desde el inicio, moviéndome de lado a lado, variando mucho su juego”, sigue la española. “Estoy decepcionada. Tenía que haber luchado más, jugar más agresiva y tomar el control, pero hoy no he podido”.

Muguruza entra a la pista pisando con cuidado. El comienzo del partido desvela lo que luego se hace evidente: la española no tiene la agilidad necesaria para desplazarse con brío, sin la explosividad que forma parte de su ADN. Le falta energía porque compite en segunda marcha, siendo ella una tenista capaz de alcanzar la sexta sin problemas. Así, Garbiñe lleva su tenis al límite, jugándose cada pelota para evitar intercambios largos que conviertan el cruce en algo insoportable, lo que le cuesta un puñado de errores (acaba con 32). Con un pírrico porcentaje de puntos ganados con segundo saque (37%), Muguruza puede aspirar a poco, completamente en manos de su rival.

En menos de una hora, Strycova tiene el partido encauzado (6-3 y 2-0) y Garbiñe hace esfuerzos para contener las lágrimas en cada cambio de lado. Las caras de su banquillo confirman lo que todo el mundo aprecia: la española es una tenista sin alma, con el espíritu descarrilado. Muguruza no está en el partido. La checa, que huele todo eso, juguetea con la pelota, enviando un cortado aquí y un golpe plano allí. Llega a la victoria por el camino de la inteligencia, que demuestra con un juego cargado de mensajes ocultos.

Cuando el techo se abre, dejando que aparezca la claridad de la mañana, Garbiñe se marcha derrota del Abierto de Australia tras un encuentro frío, donde nunca llega a ser la fantástica jugadora de 2015, la que sorprendió al mundo entero con un tenis mercurial. La derrota, sin embargo, es una lección para el futuro: perder la intensidad es innegociable en un deporte tan exigente.

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