Djokovic va en serio

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

En el corazón de Cayo Vizcaíno, un banco de arena formado en un arrecife de coral, Novak Djokovic coronó un mes inmejorable: ganó a Rafael Nadal en la final del torneo de Miami (6-3 y 6-3) y por segunda vez en su carrera (2011 y 2014) salió de Estados Unidos con los dos primeros Masters 1000 de la temporada en la bolsa de viaje. A su anómalo inicio de año, donde perdió la regencia del Abierto de Australia, cayendo en cuartos contra Wawrinka, y luego aterrizó en Indian Wells por primera vez sin títulos desde 2006, le siguió una reacción impecable. El serbio ganó su tercer partido consecutivo al número uno del mundo (Pekín, Londres y Miami, los tres sin ceder ni un solo set) y celebró en Florida su cuarto Masters 1000 consecutivo. Nadal se volvió a quedar a cero: cuatro veces ha llegado al pulso decisivo por la copa en Miami y cuatro veces ha salido primero hacia el vestuario. Lo peor, quizás por encima de la derrota, las sensaciones con las que llegará a la gira de tierra batida: todavía con el primer dorsal de la clasificación, el español vuelve a sentir el venenoso aliento de su antagonista en el cogote.

El reloj (1h23m de partido) plasmó lo que sucedió. Un encuentro fácil para Nole. Sencillo. Impropio de una rivalidad marcada por la pasión y el deseo, con dos raquetas capaces de escupir fuego si la victoria es el rédito final. No hubo nada de eso: ni puños agitados a la tarde de Florida ni pezuñas afiladas para agarrarse al duelo como el naufrago lo hace al corcho ni reacciones coloreadas con toneladas de épica. Sin grandes preguntas a las que responder, sentado ante un folio en blanco, Djokovic siempre jugó con viento a favor, donde más peligroso se vuelve. En menos de una hora, el serbio estaba a tres juegos del título (6-3 y 3-1) enfilando con paso firme el camino hacia la copa. Solo la frialdad del arranque, propiciada porque ambos se citaron en la final sin jugar un solo punto en semifinales (retirados sus dos rivales, algo inédito en toda la historia) pudo alterar las estrofas del duelo. Ahí nació y murió la única opción de Nadal en el cruce: una bola de break desperdiciada en el primer juego del encuentro. La única bola de rotura que el mallorquín se procuró. Ese fue el principio y el final de una historia con familiar aroma.

Fue un partido impropio de una rivalidad marcada por la pasión y el deseo

Parecieron las hojas del libreto de cualquier partido disputado en 2011. Nadal intentó abrir la pista a lo ancho, con bolas altas sobre su revés, y Djokovic le castigó con ángulos planos, olvidada una de las señales del cambio que le llevaron a voltear la situación en 2012, frenando una hemorragia de siete derrotas consecutivas. Entonces, y tras sentarse a analizar con su equipo aquella situación desconocida en su carrera, el campeón de 13 grandes replanteó tácticamente sus pulsos con Nole. El primer paso llegó en Nueva York, durante la tercera manga de la final del Abierto de los Estados Unidos. El segundo, en Melbourne, cuando perdió la final más larga en la historia de los grandes, pero posiblemente salió ganador para lo que vendría en el futuro. Nadal se subió a la línea de fondo y se agarró a ella como un niño al caballo de un tiovivo. Desde allí, fiado al riesgo, tiranizó los intercambios. Le negó los vértices a Djokovic, haciendo grande el tartán de forma vertical en lugar de horizontalmente, y pegó con el alma. En consecuencia, domó al rival más parejo que ha tenido desde la agresividad. Sin respiro. Sin tregua. Sin aire. Y manteniendo vivo el plan en su cabeza, que para algo es el músculo de su juego. Eso le llevó a doblarle las rodillas en Montreal y Nueva York, dos de las pistas más rápidas del circuito.

Y, sin embargo, nada de eso se vio en Miami. Nadal jugó corto, sin mordiente ni intención, y Djokovic respondió a puñetazos, tomando la pelota en trayectoria ascendente, en el punto dulce, para mandar metido en la pista sin importar si sacaba o restaba. Lo hizo una vez tras otra, convirtiendo cada juego de la final en una prueba de supervivencia para su contrario, que se movió sin chispa y careció de la energía necesaria para ir a buscar bolas a las que nunca antes había renunciado. El revés del serbio deshizo cualquier intento del número uno por atrincherarse. Con ese golpe cambió direcciones, encontró profundidad y cazó al español, también acartonado al saque. Nadal sirvió mal (59% de primeros) y Djokovic muy bien (86%). Al español, además, le abandonó el segundo saque, como en sus peores días después de lesionarse en la espalda durante la final del Abierto del Australia. El mallorquín quedó desnudo sobre el cemento porque con ese segundo servicio solo ganó el 47% de los puntos, desplomándose en algunos momentos hasta el 35%. Contra todo esa maraña llena de nudos luchó Nadal y de toda esa falta de tino se benefició su rival mientras lograba la victoria sin necesidad de asumir un riesgo alto.

Parecieron las hojas del libro de cualquier partido disputado entre Nadal y Djokovic en 2011

Djokovic jugó con la simplicidad de otras tardes. Sus tiros nacieron con la impronta de los elegidos. Nadal no hizo nada por cambiarlo. El español, que desde Melbourne no cruzaba con ninguno de los diez mejores, pagó posiblemente la falta de rodaje en un pulso de semejante exigencia. Djokovic creció su recuperación: de las dudas con las que arrancó en Indian Wells, dejándose parciales ante rivales desconocidos, devoró al líder de la clasificación en un cruce que podría marcar el futuro más inmediato. En unos días, y con la pelea por el ático del ránking más viva que nunca, Nole defenderá en Montecarlo la fortaleza de Nadal, porque el año pasado fue capaz de ganarle allí. El español, amenazado por el número dos, se lanzará a la conquista de la parte de la temporada donde más pone en juego. Su territorio. Sus catedrales. Su arcilla. De Mónaco a París, durante un puñado de semanas, indomable contra indómito. La pelea por la eternidad entre una pareja tan ambiciosa como nunca antes hubo otra.

  • juegosetpartido

    Me preocupó Rafa, le vi con muy malas sensaciones, escaso de movilidad y muy lento de reflejos. No se adaptó a la pista en ningún momento. Cometió muchos errores impropios de él. También decir que abusó muchisimo de las bolas sobre el revés de Djokovic que ayer fue un martillo pilón como bien decis en la crónica (¿vuelta a 2011?). Por el bien de Rafa y del tenis esperemos que pueda voltear la situación en la gira de tierra y podamos ver partidos competitivos entre los dos. Rafa y el tío Toni deben buscar soluciones rápidamente como ya han hecho otras tantas de veces, el nivel ofrecido tanto en Indian Wells como en los últimos dos partidos de Miami han sido muy pobres.

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