Del Potro atropella a Djokovic

Por sorprendente y desconocida, la imagen quedará para siempre guardada en la historia del tenis, posiblemente también en la del deporte. Roto en un mar de lágrimas, Novak Djokovic se marchó de la pista central de Río de Janeiro sin ser capaz de frenar el llanto que le asaltó tras la derrota a la primera en los Juegos Olímpicos.

En una noche de tenis durísimo, por momentos violento hasta decir basta, Juan Martín Del Potro derrotó al número uno del mundo (7-6 y 7-6) y le privó de colgarse la medalla de oro, el único gran tesoro que le falta en su ya legendario currículo, casi redondeado al coronarse en Roland Garros meses atrás. Las lágrimas de Nole, una perfecta radiografía de la herida que deja el tremendo traspiés, son también una forma de dejar al descubierto una ruidosa mentira: los Juegos importan mucho para los tenistas.

“Está claro que es una de las derrota más duras de mi carrera, de toda mi vida”, acertó a decir el serbio ante los periodistas tras el cruce con el argentino. “Un partido de tenis en los Juegos Olímpicos es completamente diferente a cualquier otro”, se despidió el número uno, que todavía tendrá oportunidad de buscar una medalla en el cuadro de dobles, junto a Nenad Zimonjic.

Del Potro, que seis meses atrás volvía gradualmente a la competición tras estar a un paso de abandonar para siempre y retirarse, jugó un encuentro colosal, para guardar en vídeo y ponerlo repetido en bucle durante una semana entera. Con su derecha, un golpe que muchos soldados habrían querido llevarse a la batalla, el número 141 del mundo destrozó a Nole, incapaz de controlar los trallazos que el argentino fabricó con ese tiro, directo como el tren de las 12. Pese a que el serbio intentó atacar el revés de su oponente, una zona que sigue estando en cuarentena, Del Potro sacó valentía para golpear un tiro que hasta hace nada le daba mucho vértigo porque llegaba acompañado de toneladas de dolor.

El argentino, encerrado durante más de 40 minutos en un ascensor de la Villa Olímpica, escribió su gran noche sin sacar nunca bandera blanca por el lado del revés, pero dejando que fuera su derecha, una de las mejores que jamás ha visto el mundo, la que llevase todo el peso del encuentro. Djokovic, impresionado porque el golpe no perdía fiabilidad pese al paso de los minutos, empezó a entender que estaba en un verdadero aprieto cuando el argentino le gritó en la cara que había ganado la primera manga en un desempate par valientes.

Cuando se dio cuenta de la que tenía encima quiso subir una marcha, reaccionar, hacer algo, pero todo fue para nada. Del Potro, inevitablemente destinado a llevarse la victoria, cerró el encuentro a lomos de esa agresividad feroz y celebró algo que no es ningún secreto. El cruce le da muchas esperanzas de volver a ser el que fue cuando se presentó al mundo ganando el Abierto de los Estados Unidos en 2009. Djokovic, consciente de que su próxima oportunidad para ganar el oro es dentro de cuatro años en Tokio 2020 (tendrá 34), abandonó la pista intentando averiguar qué había hecho mal. A veces, la explicación es bien simple: incluso los mejores son de carne y hueso.

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