La relatividad de Carla

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

Competición entre máscaras. Son las bridas que sujetan a Carla Suárez, ya en semifinales tras inclinar a la eslovaca Rybarikova (6-2 6-3) en Katowice, donde nada es lo que parece. Porque el torneo, todo un imprevisto, amanece con una pista nueva. Distinta a la anterior. Cambiada a contrarreloj en la madrugada polaca para acoger más público a partir de cuartos de final. Una variable sumada a la escala de velocidades respirada durante la semana. Solapada al riesgo de competir a cubierto, el entorno más siniestro para la canaria. Unida a una rival incómoda, de las que fuerzan el juego. Todo ello terminar por configurar un horizonte a prueba de bombas.

Es una circunstancia de espinas afiladas. Torneo para mentes de acero, con capacidad de aceptar las grietas como parte del camino y de relativizar cada paso. “Creo que no habrá problemas”. Es el mensaje que emite la canaria en la previa, aun sabedora del racimo de reválidas que florecen ante ella. Eso es blindar la cabeza. Levantar un hermetismo. Una ‘visión túnel’ donde no caben excusas.

Rybarikova, que es una tenista de terciopelo porque sabe acariciar la pelota, suma elemento de estrés en la balanza. Porque corta el revés y viene a la red, situando una intermitencia sobre la mesa. Porque baja y sube el ritmo como las casetas de una noria, sin repetir una entrega de bola, exigiendo siempre en Suárez la necesidad de fuerza. No sólo de poner la mano, sino de proponer con las muñecas.

“Es muy lista, te baja velocidades” le hace ver Xavi Budó tras sellar (6-2) la primera manga. “Tienes que seguir generando y apretando. Cuando te juega a intensidad nueve, le aguantas. Pero en cuando baja a siete, nos coge. Cuando ella te quita velocidad. Y como la pista es más lenta, la bola no te llega y hacemos fallos”. Es la pelea contra las distancias de un suelo neonato, distinto al vertiginoso firme que puebla los primeros días. Una batalla ante una mujer que drena cualquier ritmo, invitación directa al sueño para una tenista ciclotímica.

Intensidad. Constancia. Alerta sin freno. Ingredientes inoculados durante meses en el esquema de Suárez, cobran especial valor ante una tenista fantasma. “Es muy importante que ella vea que en ningún momento te paras” le insiste su entrenador. “Durante los 3-5 primeros juegos, debemos enviar el mismo mensaje mental y la agresividad del primer set” una manga cerrada, signo de proactividad, con dobles figuras en incursiones en mitad de pista, tiros ganadores y errores no forzados.

Esa negativa a marcharse del encuentro, a aflojar tras lo abrochado, tiene en Carla inmediata respuesta. Al resto, con bola de rotura en el primer juego y quiebre en el segundo (3-1). Al saque, con un 40-0 anulado, aceptado y ganado tras ser convertido en el juego más largo del partido. Y un contrabreak (4-2) tras la única rotura sufrida en el encuentro, respondiendo al bache con passing shots, restos directos y puntos de mano, un abierto abanico de recursos, que desatan gritos de desesperación en Magdalena.

Tras la macedonia de pistas entre competición y prácticas, tras la permuta de la cancha central, otro transcurso de la noche al día. De acolchada eslovaca a una implacable italiana. Camila Giorgi, que golpea como si no hubiera mañana. Es el relámpago que rasga la noche, un tren a detener sobre la madera polaca. Un desafío estudiado por Budó en plena cena junto a Carla, que todo lo escucha, en la oscuridad de Katowice. “Por la agresividad, la intensidad, por no darte margen para nada, es el prototipo de rival más complicado para Carla, que necesita tiempo para trazar el golpe y elaborar jugada. La reválida es muy buena para ver si ella realmente ha crecido para afrontar partidos de estos”.

Una colisión que, en caso de ser descifrada, situaría dos llaves entre los dedos de Suárez: la primera final sobre pista dura, la superficie predominante en el circuito, y el peldaño 14 del escalafón femenino. Esto es, caminar a lomos del mejor ranking de siempre conforme florezca la temporada de arcilla. Una bombona de oxígeno al aterrizar en el hábitat preferido de la primera raqueta española. Antes de todo eso, sin embargo, deberá sobrevivir a una lluvia de mortero.

Contra los elementos, rodeada de obstáculos, el temple de una canaria.

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