Berdych desespera a Ferrer

David Ferrer corre como el licaón, el mejor cazador del mundo que habita en el continente africano. Pelea como el león, protegiendo con las garras algo que es suyo. Sufre como la hormiga, con miedo a que tanto trabajo no sirva de nada si luego le aplasta un gigante de un pisotón. Ataca como la avispa, revoloteando antes de clavar el aguijón lleno de veneno en su presa. Pierde, sin embargo, irremediablemente por 1-6, 4-6, 6-2 y 4-6 en los octavos de final del Abierto de Australia ante Tomas Berdych mientras se deshace en gestos que revelan la falta de control que marcó su carrera en el pasado: de reproche en reproche, entre lamentos de impotencia, el español abandona Melbourne cuando ya soñaba con la remontada porque tuvo tres bolas de rotura con 2-1 en la cuarta manga y otra más cuando su rival sacaba por el partido. Ferrer deja las antípodas sabiendo que ha perdido el número tres del mundo y que podría caer mucho más en función de lo que suceda hasta el final del torneo porque la derrota le impide proteger las semifinales alcanzadas en 2013, dejando escapar 360 puntos que son vitales en la apretada pelea del ránking.

“Ha sido duro”, sonrió Berdych aún sobre el cemento de la Rod Laver Arena, donde nunca antes había ganado un partido, sabiendo que regresará el jueves para enfrentarse al ganador del duelo entre Djokovic y Wawrinka. “He intentando no perder la concentración, ir punto a punto, pensar que solo me faltaba un set para ganar. Y lo he logrado. Estoy muy feliz. He llegado a semifinales en los cuatro grandes”.

Al principio, Berdych abordó el partido a cañonazos. Con la frialdad del francotirador que no tiembla antes de ejecutar a su víctima, compitió tranquilamente mientras tiraba una derecha cruzada aquí y un revés paralelo allí. Como pegó con los pies sobre el suelo, como Ferrer no logró tenerle en movimiento, como sus pulsaciones se mantuvieron calmadas, el checo atacó las líneas jugando fácil, en posiciones cómodas, sin verse obligado a defender una bola alta, un tiro cortado o un cambio de ritmo, los miedos de cualquier pegador. En definitiva, pocas veces se atragantó ante un especialista en indigestar rivales, maestro de la intensidad, rey de la paciencia, que apareció cuando ya era demasiado tarde.

“¡No puedo!”, gritó el número tres a su palco tras entregar la primera manga mientras la grada le decía lo contrario. “¡Vamos Ferru!”, cantaban los españoles empujando al alicantino a morir bajo el sol de Melboune, a no rendirse aunque se hubiese quedado sin crampones para coronar una montaña altísima. Y Ferrer que intentó agarrarse al cemento con el corazón, algo que nadie podrá negarle nunca aunque le falten tiros, su cabeza esté nublada o sus piernas cansadas. Y Ferrer que perdió el servicio en el segundo set (3-4), rompió a Berdych a continuación (4-4), arrebatándole el saque por primera vez en todo el torneo, e inmediatamente volvió a entregar el suyo, cediendo luego el segundo parcial, contemplando ya la victoria como un milagro. Y aún así, Ferrer salvó un juego eterno (tres bolas de break con 2-2 en la tercera manga), arrancó el saque a Berdych (3-2) y acabó ganando ese parcial con otra rotura, con su rival noqueado por sí mismo y él volando hacia el banquillo con el puño apretado. Ahí pudo cambiar el encuentro.

Casi dos horas tardó el español en leer el saque del número siete del mundo. Cuando lo descifró, cuando le mostró que ya sabía cómo, cuándo y dónde, que ya no restaría con los ojos vendados, Berdych perdió la paciencia, naufragando entre las dudas, y empezó un partido nuevo, escrito desde cero. Ferrer pasó de hacer preguntas simples a construir cuestiones complejas. Hubo ritmo. Intensidad. Mordiente. Golpes con sentido. Pista abierta a lo ancho en lugar de a lo largo, por lo que el checo se encontró corriendo de lado a lado, viendo cómo sus tiros ya no entraban, sintiendo que se le escapaba el partido, que aquella situación daría la vuelta porque de su derecha brotaba sangre y de su cabeza salía humo, obligado ahora sí a pegar una bola más. Sorprendentemente, él, que debería haber bajado la cabeza porque nunca destacó por brillar en la adversidad, superó tres bolas de rotura en la cuarta manga. Se metió dentro de la mente de Ferrer cuando lo necesitaba. Se calmó para volver al principio. Ganó, entre otras cosas porque el de Jávea, tan fiable ha sido siempre, tantas bolas imposibles ha devuelto, sumó 46 errores no forzados en un intentó desesperado por seguir a flote.

Desde el fondo de la pista se discutió el pase a semifinales. El alicantino intentó ganar la batalla buscando un ritmo que no encontró de forma regular y Berdych dinamitó los intercambios con sus lacerantes pelotazos. Que el punto más largo del partido (18 golpes hasta ese momento, 27 cuando acabó el partido) llegase con la tercera manga empezada radiografío lo sucedido. Los dos primeros sets se jugaron a la velocidad que Berdych propuso: con la mirada puesta en las líneas y las piernas alejadas de las llamas del cemento, evitando desgastarse en debates que habría perdido, sin noticias del número tres. Luego, cuando Ferrer destruyó su plan, amenazando con remontar como ya hiciese en 2013 ante Almagro, a Berdych le rodearon miles de fantasmas para recordarle lo que había logrado su contrario otras veces, que precisamente esa era su especialidad, sobrevivir. El checo, con los brazos extendidos, festejó que hoy no tembló, pese a que le abandonó el físico (durante la tercera manga) y por momentos la brújula (vértigo para cerrar el encuentro en tres sets). En semifinales, Djokovic o Wawrinka para parar a un jugador con un argumentario de golpes formidable.

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