Bautista gana la guerra de medianoche

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

“¿No es peligroso estar aquí?”. El cielo de Melbourne acaba de iluminarse por un rayo y Juan Martín Del Potro consulta la amenaza que planea sobre la pista con el juez de silla. “¿Esperamos dentro por si acaso cae un rayo?”, le dice a la misma vez Fernando Verdasco al árbitro de su partido, mirando la sinfonía desatada entre las nubes. Parece una broma de mal gusto, quizás el guión de una comedia, pero es la realidad de una ciudad donde tan pronto quema el sol como cala la lluvia: tras detener la jornada por calor extremo, cubrir las dos pistas principales del torneo para sacar adelante algunos encuentros y anunciar horas después la reanudación de los partidos al aire libre, la organización se encontró con un puñado de truenos como preludio de una tormenta eléctrica que descargó agua, mandando al vestuario a los jugadores que estaban a punto de iniciar el calentamiento, parando duelos que ya habían empezado y creando una molesta inquietud en los jugadores. Esta fue la consecuencia de un día para cabezas fuertes. Cerca de la medianoche todavía se competía en ocho pistas y después de la una y media de la mañana quedaba una hoguera encendida en el quinto set y un ganador que gritó como nunca antes lo había hecho en toda su carrera para celebrar la victoria más importante de su vida: Roberto Bautista se impuso a Juan Martín Del Potro 4-6, 6-3, 5-7, 6-4 y 7-5, posiblemente el mejor partido del torneo hasta el momento.

Los golpes sobre la valla acompañaron al número cinco del mundo en su camino hacia la derrota en la segunda ronda del Abierto de Australia por segundo año consecutivo. “¡Dale Juan!”, gritó el público en la grada mientras aporreaba todo lo que hiciese ruido. “¡Sácale al cuerpo!”, aconsejaron los argentinos reunidos en la pista 2 para presenciar un bombardeo y arropar a su líder, que tras cada punto se volvió hacia ellos con el puño cerrado, apretando los dientes porque aquello era una prueba de pura supervivencia en lugar de un mero trámite. “¡Me cago en la hostia!”, se quejó Bautista en un momento del partido. “¡La puta!”, le respondió inmediatamente Del Potro. Saltaron chispas. Las respiraciones de los jugadores se solaparon, formando una oda al sufrimiento. Hubo de todo: hasta la aparición del médico sobre la pista para darle a Bautista una pastilla porque el estómagos estaba chillando y necesitaba silenciarlo para ir a la guerra.

Allí se enfrentaron dos chacales bajo la luna. Del Potro vivió de palazo en palazo, surcando el cemento con una derecha en carrera que bien podría ser una obra de artesanía, tan violenta como escultural. Bautista corrió como un antílope, de vértice a vértice, pegando cada bola tan recto como la trayectoria que dibuja una regla fabricada con la mejor madera, imposible de curvar aunque pasen los años. El español, que sobre la pista lo es porque lo dice su carnet de identidad y no por unos golpes tan directos y resueltos que rompen con la marca de la escuela española, donde se busca masticar el punto en lugar de ir a buscarlo, batalló reventando la pelota, castigando al número cinco del mundo con 72 golpes ganadores que fabricó desde todos los ángulos y posiciones posibles; impecable con una derecha que cruzada revolvió al enemigo y paralela le destripó, un revés del que que salieron llamas y una capacidad para cortar el ritmo desde el fondo de la pista con dejadas a la red que el gigante nunca alcanzó.

Fue un partido soberbio, de corazones calientes, nervios descontrolados y emociones desatadas. Del Potro, desquiciado tras cada golpe a la línea de Bautista (“¡Otra más!, ¡Otra más”, decía señalando hacia donde la bola quedaba muerta, imposible de revivir), amenazó con estrellar la raqueta contra el suelo, pero lo pensó detenidamente porque solo le quedan tres del modelo que se resiste a cambiar, uno con el que no siente igual la bola. Por eso, el argentino tiró una botella de agua y pegó una patada a su banquillo tras perder el saque que dejaba a su rival sacando para ganar la cuarta manga, donde tuvo varias opciones para hacer suyo el pulso tomando la delantera. Luego, se marchó al vestuario durante varios minutos mientras el español se quejaba al juez de silla.

La quinta manga abrió las puertas del averno. Del Potro, como durante todo el encuentro, tuvo opciones para decir basta, se acabó, hasta aquí hemos llegado. No lo hizo. Su cabeza, irregular durante todo el encuentro, agravó el problema que debía solucionar y le dejó abandonado en un laberinto sin salida, del que saldría con la cabeza agachada. Bautista, que en todo el partido le negó 13 bolas de rotura, fue capaz de salvar una más en ese terreno donde la cabeza pesa tanto o más que la raqueta. Siguió a lo suyo: sin importar qué decía el marcador pegó con el alma cada bola. Entraron. Funcionó. Ganó. La lógica habría dicho lo contrario: que el aspirante, el jugador sin galones, debía inclinarse ante el único hombre que ha sido capaz de ganar un Grand Slam sin llamarse Federer, Nadal, Djokovic o Murray, entrometiéndose en una tiranía cercana a las 40 copas. El deseo dijo sí: hoy era la madrugada de un español que en la medianoche ganó una guerra inolvidable antes de medirse a Paire por los octavos de final.

Adelante Feliciano, apeado Verdasco

Antes, Feliciano López se había citado con Andy Murray (6-2, 6-2 y 7-5 a Vincent MIllot) tras tumbar al alemán Berrer por 6-4, 7-6 y 6-4 en un duelo de los que ya apenas se ven en el circuito: entre los dos sumaron 201 subidas a la red, un territorio que desde hace tiempo solo visitan los valientes, fieles a un estilo de juego esclavizado en la era de la potencia y la fuerza.

Fernando Verdasco, sin embargo, se despidió del cuadro individual preguntándose por qué perdió con Teymuraz Gabashvili en cinco mangas (6-7, 6-3, 6-2, 4-6 y 4-6) si ganó 10 puntos más (156 por 146), disparó 32 ganadores más (56 por 24) y se elevó hasta los 12 saques directos. Posiblemente, las 18 dobles faltas (4 consecutivas en un mismo juego) que cometió y los 20 errores más que su rival fueron la respuesta a esa cuestión lanzada al aire.

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