Hace diez años desde Miami recibí un correo electrónico de Rafael Nadal que en aquel entonces tenía 17 años. Desde la primera línea transmitía que estábamos ante un jugador especial. Al día siguiente se enfrentaría al número uno del mundo, pero era capaz de confiar en cada una de sus virtudes. Me avisó de que contaba con opciones para la victoria y que pelearía por ella, aunque al otro lado de la red se encontrara el imbatible Federer (ese año en hard outdoor no había perdido aún ningún partido). Con cada una de sus palabras demostraba la gran mentalidad que luego sería seña de identidad de su carrera.

El último punto Rafa lo finalizó en la red y al encontrase encima de ella desistió de tirarse al suelo como suele hacer cuando gana un gran título, aunque aquella victoria tenía un sabor similar. Seguramente también al ser un partido en el que Rafael fue superior (6-3 y 6-3), no tan sólo por la velocidad y cambios de dirección que le imprimió en sus tiros, sino también por lo frío que se quedó Federer al ver el desparpajo de ese chico zurdo peleón cuando había que serlo y agresivo a la mínima que veía un hueco.

Esa victoria frente al número uno, en pista dura, fue un reflejo de lo que vendría después y en lo que se convertirían sus siguientes enfrentamientos, adquiriendo una dimensión muy distinta a la de aquel día de marzo de 2004, que fue en rondas iniciales. Prueba de ello es que su siguiente enfrentamiento fue un año más tarde precisamente también en Miami ya en la final con la pista repleta (venció Federer en cinco sets). Esta vez sí que fue un espectáculo seguido por todo el mundo. El juego y lo vivido en esa última ronda fue un buen precedente de los duelos que marcarían una de las mejores épocas del tenis mundial y ojalá siga por mucho tiempo.

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