Si la felicidad se manifestara tendría un aspecto similar a éste. Dos personas convertidas en una como mensaje competitivo. Una compenetración natural, fuera del rodaje competitivo que pueda generar la convivencia en el circuito. La final olímpica alcanzada por Rafael Nadal y Marc López (7-6 7-6 a la pareja canadiense que levantaban Vasek Pospisil, uno de los doblistas con mayor vigencia, y Daniel Nestor, una auténtica leyenda en la especialidad), prueba que la voluntad en máxima sintonía es una fuerza de difícil freno. Su pelea por el oro, ante la pareja rumana formada por Florin Mergea y Horia Tecau, dos de los jugadores con más peso en el vestuario de dobles masculino, puede ser el broche a un compendio de virtudes implacables en Río.

Es la intensidad de Nadal, desdoblándose en la modalidad por parejas mientras se asoma ya a la pelea por las medallas en el plano individual. Una gesta considerando la circunstancia. Pese a arrastrar una baja cercana a los tres meses, pese a haberse perdido el corazón de la temporada en un deporte que no perdona ausencias, ningún otro jugador aguanta tanto como el mallorquín en los Juegos Olímpicos. En la antesala de los metales en las dos principales modalidades para un tenista masculino.

Es la ilusión en el rostro de Marc López, sobrepasado de emoción al final del encuentro. Un mago con manos privilegiadas sorprendido por el alcance de su propio truco. Tirado sobre la pista de Río, roto en lágrimas por tocar el sueño de toda una vida. Arropado al instante por su amigo Rafael en uno de los momentos más emotivos de su carrera. Semanas después de lograr su primer Grand Slam, el colofón para cualquier tenista, la seguridad de colgar un metal olímpico en el pecho, el techo para todo competidor. Un mérito para subrayar el calibre de uno de los jugadores más brillantes en la especialidad de dobles de los últimos años.

Es, finalmente y como resultado de una combinación redonda, la opción de hacer historia. Situar los nombres en lo alto de un país con la firma de lo inédito. Buscar lo que ninguna pareja ha logrado en la historia del tenis español: colgarse al cuello el oro olímpico al cuello. Con los esfuerzos de Emilio Sánchez-Vicario y Sergio Casal (plata en Seúl 1988), y Albert Costa y Álex Corretja (bronce en Sídney 2000) como precedentes más cercanos, la misión de acudir un paso más allá y quedar para siempre en la historia de los Juegos.

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