Hay dos formas de asimilar una caída: lamerte las heridas y mentar a la mala suerte o levantarte e intentar trabajar para estar igual o mejor que antes del tropiezo. Nadal es un ejemplo de que todo lo que se puede soñar se puede lograr. Él -y su entorno- han reconocido una y mil veces que nunca pensaron que pudiera volver a ser número uno del mundo, y mucho menos serlo apenas siete meses después de su regreso a las pistas, pero la clasificación ATP es una evidencia. ¿El secreto? No hay otro que el esfuerzo y la constancia.

Rafa es un deportista con mayúsculas, comprometido con su deber y constante en el camino de la mejora. Ejemplo dentro y fuera de la pista y espejo extrapolable a cualquier ámbito de la vida. Si cada cual se aplicara en su profesión de la misma forma que él lo hace en la pista de tenis, otro panorama tendríamos en España. No evitaríamos la crisis, mal mundial que cada país capea a su manera, pero seguro que le meteríamos más de un passing imprevisible que haría que afrontáramos el futuro con más ilusión de la que vivimos hoy en día.

Mientras los incalificables siguen buscando resquicios en el buen hacer de Nadal, somos muchos los que disfrutamos de sus éxitos. Llegará un momento en el que ya no esté y le echemos de menos. Quizá por entonces podamos dar una dimensión real a su figura. El rescoldo más importante que habrá dejado para aquel entonces no serán sus títulos, sus medallas o sus semanas como número uno; nos habrá enseñado a que cuando uno tropieza tiene que levantar la cabeza y mirar al horizonte pensando en todo lo bueno que está por llegar.

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