“Sí, a mí (la palabra retirada) me ha aparecido muchas veces. Muchas veces, porque soy una jugadora que, aunque parezca fuerte, realmente lo paso muy mal compitiendo. Soy muy luchadora, me dejo la piel, he conseguido cosas muy importantes en mi carrera, resultados muy buenos, pero no soy una privilegiada de la competición. A mí, el sufrimiento de la competición me hacía, por momentos, no competir bien. Ha habido épocas en las que he llegado muy al límite y me he planteado la retirada, pero no sólo el último año. Con 13 años tuve que dejar el tenis seis meses, porque no había entrado a la pista y ya estaba llorando. Y de nana lloraba todos los partidos. Y este año también, lo que pasa es que te haces mayor y lo disimulas un poco más. He llorado en la pista… (pausa) toda mi vida”. La confesión, a corazón abierto y careta escondida, es de Anabel Isabel Medina Garrigues. De Anabel.

¿Y quién es Anabel? Una xiqueta cada vez más gegant que no deja de coleccionar trofeos allende los mares, el último en el torneo de dobles de Florianópolis, “la isla de la magia” brasileña. Y no sé si es magia, experiencia o crecerse cuando toca, pero rescatemos los dos momentos decisivos del partido. Ya en el primer parcial se llegó al desempate y el resultado fue contundente: 7-1 para la pareja formada por Medina y Shvedova ante Soler-Schiavone. Y en el súper tie-break, 10-3, con cinco voleas y un globo definitivos de una Anabel que había perdido su saque en dos ocasiones minutos antes. Perdón, cuatro voleas, un voleón y un globo. ¿El resultado? Salto de alegría, “¡Vamoooooos!” de rabia y abrazo de satisfacción. Por vigésimo segunda vez.

Y es que Anabel sabe y gana. Allá por febrero de 1997 Jordi Hurtado empezó a ponerle voz al concurso más veterano de la televisión española. Sólo unos meses después, en octubre, una niña de 15 añitos pegaba sus primeros raquetazos profesionales. Desde entonces, 17 temporadas, a razón de 300 días fuera de casa, para un total de 1606 partidos jugados y 44 países visitados. Y como confiesa en su cuenta de twitter, sigue “intentando ser tenista”. Conclusión: sabe.

Llegó a ser la decimosexta mejor jugadora del mundo y claro, estar la 93ª, “pica, pica”. Pero Anabel no es de las que se rinde, y entre lágrimas (perennes), derrotas y decepciones, sigue disfrutando del tenis sin saltarse un solo entrenamiento (“Yo sé de jugadoras que se han escapado por la noche para salir de fiesta, jugadoras que no respetaban los horarios o que no querían ir a entrenar. Yo no me he saltado ningún entreno ni ningún gimnasio. Soy una jugadora que tú me dices que te haga diez, y te hago diez. No te hago once, pero tampoco nueve”), a diario, y disfrutando de ese esquivo elixir llamado victoria, a menudo.

11 títulos individuales y justo el doble, 22, de dobles. 33 trofeos conquistados, incluidos dos Roland Garros y excluida la plata olímpica de Pekín. Por cierto, de los 22 conseguidos con ayuda, hasta 14 parejas distintas, lo que deja bien claro que compartir pista con Anabel es sinónimo de victoria. Desde 2004 y hasta la fecha, a excepción de 2012, la torrentina siempre ha levantado algún trofeo cada temporada. 10 años ganando. Conclusión: gana.

Y ahora que el tic-tac del reloj cada vez resuena con más fuerza, conviene recordar, y ella no lo olvida, que jugar al tenis “compensaba y sigue compensando”. Y que, sí, “cada vez es menos juego y diversión, y más trabajo y rutina”, pero cada sonrisa de triunfo, o simplemente tras un buen entreno, ayuda a secar todas esas lágrimas que un deporte tan exigente derrama. Siempre sabrá, algún día dejará de ganar, pero ojalá nunca, nunca, deje de sonreír.

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