“¡Brava Sara! ¡Brava Sara!”. Roma brama ante una mujer de corazón caliente. Que funde el cielo con el azul de su mirada. Entre puños apretados y gritos bajo el sol de mayo deshace (6-3 7-5) a la serbia Jankovic, desesperada al encontrar una terquedad inquebrantable. Es una finalista de Roland Garros marcando el territorio en arcilla. Porque tras cercar a Li Na, la mejor raqueta del año perdida entre vómitos en mitad del esfuerzo, se traga a una antigua número 1 con Italia como testigo. En la Centrale del Foro Itálico repleta hasta la bandera, una hirviente caldera en la primavera azzurra.

Porque Errani, que es una tenista fogosa, disfruta cuando el entorno se satura de drama. Y en Roma encuentra un torrente de emociones por los cuatro costados. Contribuye la grada, abrazada con fuerza a los suyos, hasta rodearla con un coro de palmas y gargantas desgarradas. Ayuda Jankovic, un espíritu libre que con frecuencia desparrama por la arena. Se alimenta Sara, sacando a tirones un pulso a cara de perro, porque la serbia es un muro que obliga a romperse las costuras. Hasta 23 tiros ganadores firma la italiana al cerrar un encuentro de dos mangas, forzada a desatarse como pocas veces, un registro potente para una mujer que sobrevive con el muro pegado a la espalda.

No es solo tenis, es una vara de voluntades donde hay que ganar tres veces el punto hasta convertir el partido en potro de tortura. Sufrir es lo normal, y ahí respira Sara cuando ambas mangas se le retuercen. Primero, en manga de apertura, un 1-2 convertido en 4-2. Después, cortando una marcada reacción en el segundo acto, ante la algarabía del que observa ese carácter obstinado que dos opciones contempla: ganar o salir sin aliento. “Me he levantado con el público. Estaba muerta en el segundo set”, expresa con gesto agitado tras convertir un 1-4 en 5-4 y subsistir pese a ser quebrada al sacar por ganar el partido. Una mujer que responde a las piedras masticando a dos carrillos. Es el nadar a contracorriente, desde una anatomía recortada en una era de mujeres esculturales, elaborando y variando en un entorno de juego recto. Un sino ilustrado en un pensamiento. “Ante eso, tengo dos caminos: la lucha o el lamento”.

Roma se frota los ojos. Un enclave de calado histórico con una espina desprendida. Desde Raffaela Reggi, la única italiana capaz de pisar la final de Roma, allá por 1985, años de Evert y Navratilova, casi tres décadas de aspiraciones diluidas y nervios tragados entre la presión de competir en casa. Un caminar interminable en el Foro sin un solo finalista local. Esa marca ha borrado Errani, el mayor orgullo nacional vigente, que busca difuminar la utopía: vencer tras no haber visto a compatriotas clavar el mástil en Roma. Ser profeta en su tierra.

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