Copa de Maestros 2005. David Nalbandian es el tenista número 11 del momento. Está fuera del torneo. Necesita tres renuncias. Safin se lesiona. Hewitt va a ser padre y quiere estar con su mujer. Y finalmente Roddick se hace daño en la espalda y abre la puerta de Shanghai a David. Es el octavo favorito. Y las casas de apuestas reparten lujosos dividendos por su triunfo. Lo que sucedió esa semana de noviembre es que Nalbandian derrotó a Coria y a Ljubicic para meterse en semifinales. Sometió a Davydenko para pelear por el título. Y remontó dos sets a Federer para ganarse el rango de maestro en el desempate de la quinta manga. Como alegría colateral, el que firma esto se llevo los primeros euros de su vida en esa prohibida fortaleza que son hoy las apuestas en internet (ATP e ITF nos lo prohiben bajo severas sanciones). Entenderán que siempre haya tenido un aprecio especial por David Nalbandian.

Pocos lo hubiesen dicho entonces, pero esas cuatro horas y media largas de batalla quedarán para la historia como el mayor éxito de un tenista que auguraba más. Mucho más. Ya había amagado en Wimbledon 2002, cuando perdió la final con Lleyton Hewitt. Pisó cuatro semifinales más del Grand Slam. Nunca ganó ninguno. Gastón Gaudio sí. Thomas Johansson o Petr Korda también.

Nadal y Federer le conocen bien. Derrotó a ambos dos veces en 15 días a finales de 2007. En Madrid y en París. Y Rafa y Roger no pueden estar equivocados. Se han deshecho en elogios varias veces hacia David. Nalbandian le pega a la pelota como muy pocos. Como los elegidos. Sobre todo el revés. Ese revés. A dos manos. Precioso. Mortal.

Hasta ahí todo perfecto. Tiene talento. Indiscutible. ¿Pero es un monarca soberano? ¿Se merece lucir corona? Nalbandian es argentino. El país que disfrutó a Guillermo Vilas, al que Wimbledon dejó sin completar el Grand Slam. Dos Abiertos de Australia consecutivos (1978 y 1979), un US Open (1977) y meses antes un Roland Garros (1977). En total 63 títulos, incluidos los 16 de 1977 que aún son récord en la Era Open. En seis meses Vilas levantó más trofeos que Nalbandian en toda su carrera, incluidos dos torneos del Grand Slam.

Hablamos de Argentina. El país que soñó con su dupla con José Luis Clerc y sus 25 títulos. El único país que ha roto la hegemonía de los cuatro dictadores del tenis moderno (Federer, Nadal, Djokovic y Murray) gracias a Juan Martín Del Potro y su US Open 2009. Un Del Potro que va por 15 conquistas y subiendo. Y ese país, que respira tenis, se somete voluntariamente a la monarquía de David Nalbandián y sus 11 títulos. Los mismos que Gilles Simon. Uno menos que Martín Jaite.

Pues vale. Pero no me pueden negar varios argumentos para discutir la legitimidad de su reinado. Como la obsesión argentina por conquistar el último territorio inexplorado. El fútbol fue suyo. El baloncesto fue suyo. El tenis aún no. Aún no han probado las sabrosas ensaladas que cocina la Copa Davis. Y en un país en el que Davis suele ser sinónimo de decepción, bronca y escaqueo, Nalbandian les ha dado 39 puntos. Del Potro 12. Tribunero, mucho. Cumplidor, aún más.

Como esa azotea que a menudo tiraba los muebles por la ventana. Dentro y fuera de la pista. Sirva recordar el penoso incidente con el juez de línea de Queen’s. O como su falta de dedicación al tenis. Rara era la semana sin rallyes, puenting, golf o fútbol. Lo contó ayer Danny Miche en TENNISTOPIC y algo sabe de tenis argentino. “No se animó a ir a por todo. Era una manera de quitarse la presión de encima y no hacer el sacrificio extra que sí hacen Nadal, Djokovic o Ferrer”.

“Nalbandian dejó pasar la posibilidad de ser número uno”, sentenció un día Roger Federer. Y de ganar Australia 2006, añadía. Nadie discute que Rafa Nadal es el rey de la tierra batida. Hasta los argentinos aceptan a Pelé como O’Rei… siempre que Dios Maradona esté por encima. La velocidad es el reino de Usain Bolt y el palmarés olímpico el feudo de Michael Phelps. Son reyes sin margen para la cuestión.

David Nalbandian lo deja. Las lesiones le han derrotado. La ATP ya está puliendo el cartel de Inactive. Una pena. Se va un gran tenista. No tan grande como debería. No tan grande como oirán y leerán estos días. ¿Rey David? Demasiada corona para tan poco reino.

  • M. (Thelonious)

    Aunque haya conseguido menos cosas que muchos otros, no sólo quedan los titulos en el recuerdo de la carrera de cualquier deportista (generalizo, sea tenista o no). No es eso lo único que cimenta una leyenda en ocasiones y por lo que uno es recordado a posteriori. El que es Rey lo es, aunque no tenga un reino muy grande. Aunque se presuma que podría haber llegado más lejos (aunque eso sea especular). Por eso mismo Matt Le Tissier fue y será por siempre “Le God”.

  • Matias Baldo

    El palmarés no es el único argumento para que un tenista se convierta en leyenda. Los recuerdos y los sentimientos que despiertan en los fanáticos son inolvidables y son los que quedan en la memoria, más allá de un título más o uno menos.

    De acuerdo en todo el resto, salvo en esta pequeña cuestión.

    Un abrazo.

    • lola del castillo

      Sí pero en el caso de Nalbandian , es leyenda por motivos no estrictamente deportivos, sino por su personalidad. Y la pena es que si hubiera puesto el interés y la dedicación que se precisa , hubiera unido a su personalidad magnética , un magnífico palmarés y hubiera entrado en el Olimpo del tenis,

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