Especialmente en primera semana de un Grand Slam, muchas veces tenemos que tomar la decisión de dejar historias en el tintero. A veces prima la información, otras una sorpresa del día, otras simplemente el espacio no es suficiente. A pesar de que con Internet uno consigue sacar más historias, el tiempo da para lo que da. Parecemos robots picando piezas una detrás de otra con resultados, estadísticas y efemérides, pero pocas veces podemos detenernos al detalle.

Luego está ese fantasma llamado cierre, que nos obliga a descartar protagonistas que en otro horario de juego, habrían sido parte del titular. Las normas son las que son, y las reglas del juego son iguales para todos. Unos suelen cumplirlas a rajatabla y otros prefieren cenar en un buen restaurante aunque David Ferrer esté en rueda de prensa.

Vale, que hay agencias que ofrecen el servicio casi de transcripción de lo que aquí acontece. Vale también que se fusilan declaraciones por Twitter cada dos por tres. Lo fácil es irse, recoger las declaraciones desde el hotel (a veces ni eso). Pero una cosa es eso y otra es irse cuando un finalista de Roland Garros está dando sus impresiones después de un maratón con Pico Mónaco. Cada opción es respetable, sólo faltaría, pero si uno está cubriendo un Grand Slam, ya sabe a lo que viene. A dos semanas de curro sin parar, sin horario y sin vida social.

Puede darse la situación que de la conversación con Ferrer quizá no puede sacarse nada por temas de cierre o espacio, pero queda en un cajón de retales. Que siempre, siempre pueden usarse en el futuro. Y también de momentos que no capta -y me repito una vez más- un simple papel con declaraciones. Que después de 3 horas y 13 minutos de batalla sin cuartel Ferrer y Mónaco se abracen en la red, ya dice mucho de los dos. Pero verles llegar a sus respectivas ruedas de prensa charlando animadamente, muy cómplices, dice aún más.

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