Otra gran temporada tenística para recordar, la del 2013. Muchas historias por enmarcar: las sombras de Federer, el primer Wimbledon de Murray, el acceso al podio de Ferrer como número tres del mundo –y su primera final de Grand Slam-, un Del Potro cerquita de activar el turbo como en el 2009, la dorada madurez de Haas, Pablo Carreño y su fulgurante ascensión, los primeros éxitos de Dimitrov,  la incontestable y nada levedad de ser Serena, la consolidación de Carla en el top-20, el retorno a la máxima categoría de la FedCup por parte de las chicas de Conchita…

No caben aquí todos esos relatos brillantes, y no digamos ya los pasajes truncados por las lesiones, los bajos rendimientos, u otros motivos (Garbiñe Muguruza, Tipsarevic, el desdichado doping de Nuria Llagostera…). Pero si tuviera que escoger una historia, un momento, de este prolífico año que empieza a despedirse, sin lugar a dudas elegiría –siento ser poco original- la finalísima del US Open. ¿Por qué?

Sobre la central de Flushing Meadows teníamos a las dos bestias de la temporada: el que comenzó el año como número uno y el que lo acabó en esa posición. Rafa y Nole, Djokovic y Nadal. Tanto monta. Lo mejor que podía pasarnos en pleno resacón federiano. Hemos sido muy, pero que muy afortunados por poder disfrutarlos junto con otras perlas únicas del deporte universal como Usain Bolt o Leo Messi.

Ese partido volvía a disputarse entre los dos tenistas que más veces se han enfrentado en la historia de la ATP. Iba a suponer el título número 60 -décimo y último título del año- para el manacorí, convirtiéndose en el tercer jugador en sumar la triple corona del verano norteamericano (además de Canadá y Cincinnati) en una sola campaña, tras dos cañoneros de perfil clásico como Patrick Rafter en 1998 y Andy Roddick el año 2003.

Y no únicamente por eso: Nadal aceleraba así el regreso al número uno llegando al cénit de su tenis, el más agresivo y el de mayor continuidad de toda su carrera. Memorables sus semis en Montreal ante el mismo Djokovic, y los cuartos contra un gran Federer en Cincy. Ambos rivales retaron al mallorquín a un ritmo de partido vertiginoso, y acabaron siendo destrozados.

Al finalizar el duelo en la Pista Arthur Ashe se respiraba un ambiente muy especial. Con su Grand Slam número 13, Rafa ya no tenía tan lejos el récord de Roger con 17. Y los medios internacionales empezaban a especular si el fenómeno español estaba en disposición de convertirse en el mejor tenista de todos los tiempos. Ya de por sí, sólo por eso, ese partido es más que el momento del año: puede suponer un punto de inflexión en la historia del bendito deporte de la raqueta.

Ese es el nuevo horizonte, el nuevo reto para Nadal. Más que el de mantener el trono del circuito. De eso ya ha tomado buena nota un tipo tan competitivo como él, y además le beneficia la actitud peleona de Djokovic.

  • lola del castillo

    No se´ por qué , peros siempredetecto en las opiniones de los expertos un toque de minusvaloración hacia Nadal. Siempre, por bien que juegue , por más titulos que consigase dice algo que lo iguala con otros, bien sea con Novak ó con el inefable suizo- Arsenio iguala a Nadal con Novak en 2013, lo que interpreto que para él el t´titulo de numero uno de 2013 debería ser ex aequo para ambos. Y sigo oyendo repetidamente que el inefable suizo es el mejor de la historia. Falso de toda falsedad. Nadal hasido el mejor de 2013, y es el mejor de la era open porque tiene un palmarés equiparable al del inefable suizo y una gesta épica deportiva de las más espectaculares del deporte mundial.

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