Permítanme que me quite el sombrero ante Benjamin Becker. Aunque sea un jugador que nunca formará parte del imaginario colectivo. Los aficionados masivos no le recordarán. Como mucho le confundirán con Boris Becker, el mejor jugador alemán de la historia y uno de los referentes de la década de los 80 y principios de los 90. ¿Cómo te van a recordar si compartes apellido y nacionalidad con una leyenda de tu deporte? Benjamin es un tenista peculiar. Con su 1,78 y gracias al trabajo en sus primeros años de carrera con Tarik Benhabiles, desarrolló un servicio asesino, impropio para un jugador de su estatura. Por la pista camina encorvado, con su particular gorra del revés, que le da un aspecto despreocupado a pesar de contar ya con 33 años en su espalda. En su palmarés solo figura un único título ATP, el que logró en el césped holandés de s-Hertogenbosch donde ha alcanzado dos de las tres finales de su carrera.

Se preguntarán ustedes, ¿por qué me quito el sombrero ante un tenista de segunda o tercera fila como Benjamin? Porque es el perfecto villano. No es carismático, tampoco es un tenista que posea grandes condiciones para jugar a este deporte y siendo sinceros, está muy lejos de ser un perfil interesante al que seguir de cerca. Llegó al circuito tarde, tras dominar el tenis universitario en EEUU, con el título individual en 2004 y el de equipos con la Universidad de Baylor. En esa final, los Bears derrotaron contra todo pronóstico a UCLA. Un equipo tejano derrotando a los poderosos e históricos californianos. Ahí empezó Becker a romper los pronósticos. Pero su primer gran momento llegó el 3 de septiembre de 2006. En cuatro sets, este germano nacido en la ciudad de Merzig, despedía la carrera de Andre Agassi en la tercera ronda del US Open. Una de las mayores leyendas del tenis estadounidense cedía, ante su público, y lo hacía a manos de un desconocido que procedía de la fase previa.

Durante mucho tiempo cargó con la etiqueta de ser el hombre que ‘retiró’ a Agassi. Pasaron más de tres años y tuvo de nuevo que ejercer de nuevo de último verdugo de otro ex número uno del mundo. En esta ocasión la sorpresa no fue tanta. En Madrid, Carlos Moyà jugó más con el corazón que con la cabeza, muy mermado por los problemas físicos que le obligarían meses después a dejar definitivamente la práctica profesional. Benjamin solo cedió dos juegos en la arcilla capitalina, la superficie que con con diferencia peor se adapta a sus características. En los siguientes años, pocos resultados destacables en la carrera del teutón. Quizá superar su mejor ranking, el puesto 38 que databa de 2007, fue su mayor hazaña. Lo logró gracias a las semifinales alcanzadas en el ATP 500 de Tokio, que a la postre le colocarían en la posición número 35 de la clasificación mundial.

Benjamin Becker aterrizó en el Abierto de Australia de 2015 en el puesto número 41 de la ATP. Y antes de batir a Julien Benneteau ya vio en el horizonte un encuentro con Lleyton Hewitt, la leyenda local y el protegido del público de Melbourne Park. Rod Laver Arena, jornada nocturna, el escenario perfecto para volver a ser protagonista. En los primeros dos sets solo ganaba tres juegos. El de Adelaida muestra una versión que no se veía desde hace meses. Sin embargo, Benjamin volvió a trabajar como una hormiga. Poco a poco. Sin prisa pero sin pausa. Efectivo revés paralelo. Derecha cruzada que parece un látigo. Y sacando como un demonio, como hace casi siempre. Camina con timidez por la pista. Parece un dibujo animado. Dos horas después completa la remontada. Enmudece a todos los australianos. Becker vuelve a ser, una vez más, el perfecto villano.

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