París no volverá a ver este año cómo las manos rápidas de Kei Nishikori desmontan rivales a la velocidad de un parpadeo. El japonés se despidió de Roland Garros a la primera ante el eslovaco Klizan, atado a la falta de ritmo y condicionado por los dolores que le impidieron terminar la final de Madrid, donde ganaba con solvencia a Nadal el pulso decisivo por el cuarto Masters 1000 del año después de celebrar la victoria en el histórico Conde de Godó. El examen que la envergadura del número 10 (1,78m y 68kg) debía pasar en el Grand Slam más exigente de todos, donde las dos semanas y los partidos al mejor de cinco sets marcan aún más las diferencias en una superficie que desgasta como ninguna otra, queda aplazado en la temporada de su despegue definitivo.

“No había entrenado. Sabía que estoy podía ocurrir”, explicó Nishikori, que defendía los octavos del año pasado en el segundo grande del curso. “Estaba jugando bien en la tierra batida europea, así que es muy triste perder en la primera ronda aquí. Es la primera vez que jugaba después de Madrid y no tenía mucho ritmo”, cerró sobre un encuentro que empezó peleando (perdió la primera manga en el desempate) y acabó andando, arrasado 6-7, 1-6 y 2-6 por un rival que aceleró en el mar de dudas del japonés, tan gris como el día.

Nishikori afronta ahora el resto del año bajo las mismas premisas que le han llevado al top-10. A la unión del prestigioso Chang a su equipo técnico, donde desde hace años está el argentino Dante, le acompañan la disciplina por el trabajo y el talento florecido después de mucho tiempo siendo cultivado. Solo la incógnita del estado físico marca con un puñado de interrogantes la imparable progresión de un jugador sin vértigo ante los grandes. En la capital francesa, sin embargo, se quedó a cero.

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