Los fogonazos de los flashes dejan también impresiones en tu memoria. A la mía de este 2013, más allá de lo increíble de la temporada de Rafa Nadal que merecería un libro por sí sola, acude siempre una foto. La de la portada doble (souvenir edition) que dedicó The Times a Andy Murray. Un fotón que condensa un momento único, con una carga emocional inmensa. The history boy, como le bautiza el periódico londinense, desciende de la grada mientras una multitud orienta sus cámaras hacia el campeón. Ojos de envidia en sus caras: cualquiera daría un dedo por cambiarse por él. El de Dumblane venía de abrazarse a Ivan Lendl, el técnico que por fin ajustó la maquinaria, y a Judy, su madre, la mujer que convirtió en realidad una obsesión envenenando a su hijo con el tenis.

El escocés acababa de romper una maldición que duraba ya 77 años. Desde 1936 cuando Fred Perry había reinado de nuevo sobre la hierba sagrada. Demasiado tiempo sin que un británico fuera protagonista en el All England Club. Allí donde la hierba se mima y se respira historia. Allí donde el tenis es religión y rito. Lo de menos fue el partido, que acabó con un revés a la red de Djokovic, que claudicó en tres sets. Lo fabuloso fue la explosión de un pueblo orgulloso de su torneo, de su tradición.

No me entusiasma el juego de Murray, ni su desempeño sobre la pista. Pero ese día me alegré también. He visto por los torneos a muchos periodistas de las Islas que seguían cada paso de su carrera. También la coraza que Andy se construyó alrededor para intentar escapar de la tensión. Desde que comenzó a destacar sintió la presión de todo un país sobre sus hombros. En ocasiones, parecía que el peso le ahogaba. El título fue también su liberación. Wimbledon era otra vez para un británico. Se cerró una deuda y una foto quedó para la historia.

© TENNISTOPIC.com 2015. Todos los derechos reservados