Llegué a Wimbledon asqueada. Muy asqueada. Mi vuelo fue cancelado, el siguiente disponible era un vuelo con overbooking encubierto, acabé en un avión enorme en el que tres compañías operaban el mismo trayecto y llegué a Londres sin haber podido asistir al Media Day del tercer Grand Slam del año.

El verano europeo suele ser el más duro a nivel de carga de trabajo, pues sin apenas descanso, pasamos de un grande a otro sin tiempo para reaccionar. Igual que los jugadores necesitan adaptarse al cambio de la arcilla a la hierba, nosotros debemos acostumbrarnos a la rectitud británica y dejar a un lado los días de sonrisas y buenos modales franceses (entiéndase la ironía).

Llegué desmotivada. Sin ganas de cubrir mi quinto Wimbledon. Era la primera vez que me sentía tan out, tan desganada. El cansancio mental se estaba apoderando de mis ganas de trabajar. Sentía que no había nada nuevo que explicar, que la Eurocopa se comería todo el espacio posible para poder contar historias y que mi espesura y falta de inspiración convertirían este Grand Slam en uno para olvidar.

En el All England Club, mi lugar favorito en el circuito del tenis. El sitio en el que empecé a cubrir torneos de esta envergadura. La catedral del tenis. Nada de eso me llamaba ya la atención. Estaba quemada. Harta de viajar, de no poder estar en casa, de no poder disfrutar de mi familia.

Marcus Willis me ha despertado ese puntito de ilusión que necesitaba. Su historia me ha recordado por qué me gusta tanto cubrir este deporte. Por cuentos imposibles como el suyo. Que alguien que se plantease dejar el tenis, se pusiera a dar clases por 30 libras la hora, disputase una previa de previa, después otra previa más y hoy haya ganado su primer partido como profesional en el paraíso del tenis es para mí, el titular del año.

Que todo fuera por amor, lo hace aún más cursi pero también más mágico. Y que ahora se enfrente a Roger Federer, lo convierte en un capricho del destino.

Por eso, mil gracias Marcus. Mañana seré un poquito más optimista.

  • Sigrid Huarte

    Historias como estas, que hacen a la realidad de personas que vienen de épocas no tan buenas y levantan cabeza son muy inspiradoras. Y nos muestran otra parte de la realidad .

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