Le conocí el pasado verano. Por aquel entonces parecía un tipo normal. Otro journeyman que jugaba torneos Challenger. No sabía lo que era ganar a un top-ten. Tampoco lo que era jugar una final ATP. No podía imaginarse lo que era formar parte del top-30 o estar siquiera cerca de transitarlo. Aunque su estatus era otro, cuando le conocí uno se podía imaginar que delante estaba ante un tenista diferente. Un tipo dotado de talento a raudales. En la última semana de julio, Adrian Mannarino visitó por última vez España. Era el número 101 del ránking mundial, más de cincuenta puestos por debajo de su mejor clasificación de siempre, que databa de julio de 2011. Primer cabeza de serie en un clásico veraniego como el Open Castilla y León Villa de El Espinar, el de Soizy disputaba el evento segoviano en busca de un trofeo que se le había escapado en las finales de 2009 y 2010, ambos títulos perdidos ante tenistas españoles.

En el cemento espinariego, un jugador como Mannarino, zurdo, de la escuela francesa, y que acaricia la bola de lado a lado hasta volver loco al rival, se exhibió durante toda la semana. Tuvo algún contratiempo en las primeras rondas pero su nivel iba creciendo según avanzaban los partidos. El galo había sido noticia semanas atrás al disputar un Challenger en Manta, Ecuador, nada más terminar el torneo de Wimbledon. Al ser incapaz de defender los octavos de final alcanzados en 2013 en el césped de Londres, el pupilo de Eric Prodon se lanzó desesperadamente en un viaje contrarreloj para disputar un torneo sudamericano al otro lado del globo. ¿El objetivo? Volver al top-100 la semana siguiente, lo que le aseguraba un puesto en el cuadro final del US Open y un valioso cheque solo por jugar primera ronda y evitar penar en fases previas.

En las distancias cortas Adrian es un tipo reservado. Habla español y tras vencer a Adrián Menéndez en la final y levantar por fin el trofeo en Segovia, agradeció el apoyo recibido durante toda la semana en castellano. Lo pasó un poco mal. Mannarino no es de micrófonos ni de focos. No le gusta sentirse el centro del mundo. Hay tenistas que no son así. En la sala de jugadores, con su merecido trofeo en las manos, tuve la oportunidad de hablar con él. “En inglés, por favor”, dijo entre sonrisas al responder a mi pregunta sobre en qué idioma prefería ser entrevistado. En ese momento habló de conseguir el ránking suficiente para volver al top-50 -que consiguió jugando en lugares tan dispares como Estambul, Tashkent, Tennessee o Illinois- y olvidarse de torneos Challenger. Confiaba en su talento y no se limitaba. “No juego sólo bien Francia”, comentó sobre su predilección por rendir mejor en suelo patrio.

No podría imaginarse que unos meses después ganaría en un complejo deportivo como el de Crandon Park a un tenista de la talla de Stan Wawrinka. El suizo es la primera víctima top-10 de Adrian, que cimentó su triunfo en base a la solidez que le caracteriza. Variando el juego, subiendo a la red e imponiendo su propio ritmo, que incomoda y mucho a rivales como el que tuvo enfrente hoy. Hace dos meses alcanzó en Auckland su primera final ATP. Una semana, ese mismo francés de tanta clase cuyo ídolo era Marcelo Ríos se retiraba destrozado por calambres en el Abierto de Australia después de dominar dos sets a cero su encuentro de segunda ronda ante Feliciano López. Podía haber sido la mejor victoria de su carrera pero el tenis le ha brindado otra oportunidad. Dentro de ocho días, al finalizar el torneo de Miami, Mannarino tendrá un lugar entre los treinta mejores tenistas del mundo. Este año no irá a El Espinar, y no habrá charla en la sala de jugadores, pero por fin estará en el sitio que por talento le corresponde.

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