Viña del Mar, domingo 10 de febrero de 2013. Se deja caer en su banco, apoyado en un amplio panel publicitario. Mirada perdida, mueca de fastidio. Imagen de derrotado. Sí, ha perdido un partido de tenis, pero quizás sea el único mortal que no encuentre consuelo en haber llegado a una final después de siete meses lesionado, retorciéndose en casa de desesperación por una rodilla izquierda rebelde que le impide mover el motor de su vida: competir, buscar la mejora diaria.

No está acostumbrado a morder la tierra, es sólo su vigésima derrota en la arcilla del circuito ATP, cuarta en una final. Enfrente tenía al 73 del mundo, el argentino Horacio Zeballos, en condiciones normales carne de cañón para el rey del polvo de ladrillo. Pero más que el resultado, el adverso 6-7, 7-6 y 6-4, duele la rodilla. “Hay días en que está mejor y otras, peor, y afecta a mi rendimiento”.

”Rafa es ‘dios’, y ‘dios’ me perdonó”, proclama Zeballos, que vive el momento de gloria de su carrera.

La incertidumbre acompaña a Rafa Nadal, pero la irá despejando paulatinamente a una velocidad de vértigo. Enseguida se proclama campeón de Sao Paulo y Acapulco. Entierra la preocupación de su regreso en Chile, pacta con la rodilla: ‘tú quéjate, emite dolor con intensidad, pero a cambio hasta un nivel que yo pueda tolerar y no afecte a mis desplazamientos en la pista’.

Meses más tarde, concluida la temporada, el manacorí sonríe. Nadie se acuerda de Viña del Mar, seguramente sólo Horacio Zeballos y sus incondicionales, pero la felicidad que irradia Rafa perdería mucho de su sentido si no se reparara en aquel tenista que transpiraba inquietud.

La cara es el recuperado número uno mundial, los títulos como Roland Garros o el Abierto de los Estados Unidos, pero hubo una cruz, muchos meses de rabia contenida por impotencia, de una misma moneda. Y el conjunto, la unidad, es la que revela el auténtico valor de Rafa Nadal en en particular y en su trayectoria en general.

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