En el corazón del Reino Unido, en el núcleo de uno de los países con tradición monárquica más arraigada, ha vuelto el rey. Es Roger Federer el preferido de los aficionados por duelos antológicos como los que ha protagonizado hoy en el O2 Arena. Sobreviviendo a las adversidades. Resucitando en los momentos de mayor complejidad.

Juan Martín Del Potro ha hecho todo lo que estaba en sus manos y ha exprimido casi todo el poderío de su raqueta. Y por eso no puede expresar un semblante cariacontecido. Contra el suizo mantiene una relación deportiva estrecha que incluye un reciente listado de frenéticos desafíos. Dos de ellos se disputaron a orillas del Támesis y ambos se saldaron a favor del gigante de Tandil. La circunspección de antaño se torna en sonrisa. Hoy Delpo se acerca a la red, inclina la cabeza y se rinde al rey.

Un rey que estuvo a punto de perder la corona de forma prematura en el round robin, circunstancia que no se producía desde 2008. Y es que Roger ha deambulado por el frágil y destartalado puente que le separaba del abismo y sin las sujeciones propias que antaño llevaba atadas a la cintura. Ha ido siempre a contracorriente, dilatando y contrayendo sus vasos capilares. Bombeando sangre al marcador cada vez que recibía un break en contra. Ni los remeros universitarios se impulsan con tanto brío en sus regatas anuales. Cambridge tiene un balance favorable, pero cada primavera Oxford está acechando. Y lo mismo le sucede al argentino, que espera su momento. Cuando se descongelen las gélidas aguas otoñales y el frío invernal deje paso al calor australiano, Del Potro estará al acecho. Para provocar un regicidio múltiple que acabe con el liderazgo del Big Four. Antes de la tormenta, un poco de diluvio en Londres. Todos a cubierto.

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