Son las tres de la madrugada. Ante la quietud de su hogar, se levanta de la cama con su cuerpo dolorido y maltrecho tras una larga vida de esfuerzos. Aquellos históricos años de aventuras por el mundo detrás de una pelota amarilla que escondía una gloria inimaginable, encierran una astenia que nadie relata. Caminó hacia la cocina a por una taza caliente que le permitiera conciliar el sueño y, dolorido, pasó por aquella puerta de madera que encerraba tras de sí su cuarto mimado de la casa. De pronto, sintió dentro un empujón que le invitó a entrar y que no pudo reprimir. Entró, encendió la vieja lámpara marrón de mesa y descubrió por enésima ocasión entre luz tenue aquellas copas y trofeos. Los miró con detenimiento, deslizó por ellos una vez más sus dedos; miró entonces al lateral de la estantería, alargó su temblorosa mano y capturó aquel abultado álbum de tapas ya desgastadas. Se sentó en el sillón de cuero cercano a la luz, y volvió a deleitarse. Rememoraba aquella etapa profesional de su vida, entre esas páginas; aquella foto sobre el verde inglés de impoluto blanco, o el sudor muestra del esfuerzo sobre la arcilla parisina. De pronto, como era habitual, sintió un escalofrío que recorrió su espalda y se emocionó.

Las fotografías son el recuerdo de lo vivido; un salvoconducto para volver a aquello que vale la pena recordar. Y nos permiten realizar ese viaje de vuelta con tanto detalle como libertad para rellenarlo desde los rincones de nuestra memoria. ‘Sí, eso son’, se decía sentado sobre aquel confortable sillón, testigo directo de repetidas emociones. ‘Las fotografías son instantes para emocionar y valorar’. Y cuánto ha de agradecer el deporte a la fotografía. Qué magia desprenden esas imágenes que capturan el instante de la victoria, el instante de la oportunidad perdida, el instante del sufrimiento… Cuánto dicen desde esos esfuerzos y miradas, y de qué forma tan exquisita.

El ser humano se olvida de lo que da por descontado y busca nuevos horizontes que supongan retos; por eso, aquella máquina que en sus tiempos provocó una de las mayores revoluciones de la intrahistoria humana, hoy carece de protagonismo. Nunca agradecemos lo que tenemos por seguro, y nadie duda de que esas instantáneas que recorren hoy desde redes sociales, webs o apps hasta los clásicos periódicos, revistas o libros, van a realizarse. Ni diferencia aquellas tomadas con maestría de las que no. Menos aun desde que sencillamente recortan a un momento lo que hemos visto en movimiento y en toda extensión. Sin embargo, serán esas mismas diapositivas las que nuestra pupila impulse hasta nuestra memoria y conservemos para siempre. Por eso, he aquí una humilde oda a la fotografía. A la fotografía del deporte. Y a la del tenis, en especial.

Julian Finney, Darrian Traynor, Shaun Botterill, Chris Trotman, Rob Carr, Cameron Spencer, Jimmie48, Miguel Angel Zubiarrain, Dan Istitene, Clive Brunskill o Matthew Stockman, son algunos de entre esos cientos de grandes profesionales, expertos en analizar, observar y capturar. Gracias a ellos y su calidad, aquel hombre fatigado, otrora héroe y objeto de su atenta mirada, ya más preso de su pasado que de su futuro, tendrá encerrados en aquel grueso y raído álbum los instantes que le hicieron temblar y gritar. Los instantes que agitan su memoria, cercana y lejana. Los instantes, en definitiva, que le devuelven aquella magia que creó y transmitió raqueta en mano, por todo el planeta.

Entonces, alcanzada la última página, respirará profundamente, cerrará el álbum con suavidad y marchará de nuevo hacia su merecido descanso, mientras su mente viaja de nuevo a mil lugares y momentos distintos. Se levantará de aquel sillón confortable y abandonará allí aquél álbum que nunca volverá a acariciar. Aquel álbum lleno de momentos que ya no serán propiedad más que de la historia; aquella que le tuvo de protagonista y que unos magos lograron capturar para que su nombre perdurara por siempre. He aquí el embrujo de la fotografía.

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