Cómo es el tenis, señores. Cómo. “¿De qué es de lo que te sientes más orgullosa en un día como hoy?”, le preguntan a Roberta tras aquella batalla increíble en una entrevista tan conmovedora como histórica y soltadas ya unas cuantas y preciadas lágrimas. “¡Uff! De mí misma… de mi lucha”. De su lucha. Pues bien, eso es Vinci. Eso es el tenis femenino que nos regalan desde Italia. Eso es el tenis italiano que llena estadios, que hace rentable un canal de televisión propio sin top-10 y que impulsa a un equipo sin grandes estrellas a ser referencia absoluta en la Copa Federación año tras año.

Algunos sentirán rabia porque la leyenda no se culminó y porque el titular falló. Serena no ha ganado los cuatro grandes en 2015. Nada de eso, por mi parte; Roberta es el ejemplo vivo del tenis que engancha. Del tenis que hay que enseñar, aunque no haya cómo. Ella es el arquetipo de que se puede. De que luchando, siempre se puede. De que hasta el último punto, se puede. De que con 163 centímetros y 32 años, también se puede. De que contra viento y marea, se puede. Roberta puede, incluso aunque ella misma no lo creyera hoy al levantarse. Quizás aquél amuleto de un dinosaurio naranja siempre encima o aquella mariquita tatuada en su piel al fin surtieran efecto; quizás sea el trabajo que al final siempre encuentra el camino para compensar; quizás sea sólo la emoción y las ganas plasmadas en una pista. Sea como fuere, la Arthur Ashe brilló a pesar de la caída de su campeona. Y eso que ya lo había hecho minutos antes con Flavia Pennetta. La apuesta por ir a comerse el encuentro demostró hoy que supera tácticas, técnicas y potencias.

Hoy es cuando vence el tenis constante y de la lucha, el tenis humilde y corajudo. Y lo hace por encima de pronósticos y de estrellas. Porque la magia del tenis está en estos instantes, en el todo y el nada, en los sueños y las ilusiones, en los estilos y los contraestilos, en los imposibles y las sonrisas, en las sensaciones que hoy tendrá Roberta al irse a dormir y la sonrisa y nervios que contagió a miles de personas de todo el planeta allí sentada, en aquella silla, sin creérselo.

Roberta Vinci cumplió un sueño que ni soñó. Y nos invita a soñar sin haber soñado, a superarnos aún conociéndonos, y a disfrutar el tenis. Un deporte sorprendente, un deporte mágico, un deporte que conquista. Gracias Vinci, gracias Serena y gracias Nueva York. Que la fiesta siga y el tenis continúe. Italia, mientras, nos deja hoy su lección: para disfrutarse, el tenis ha de soñarse.

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