“Es Wimbledon, aunque los años hayan transformado la calva de las pistas de una pirámide a una franja horizontal paralela a la línea de fondo”. Mi whatsapp vibra para recordarme que sigue habiendo “puristas” (así se llaman a sí mismos) que recuerdan con nostalgia el viejo Wimbledon, el del saque y volea. El que aprovechaba la inercia del primer golpe para galopar directo a la red. El que veía como John McEnroe e Ivan Lendl jugaban 33 juegos en las semifinales de 1983 y sólo un punto (¡un punto!) superaba los seis golpes. Me escribe uno de esos puristas y voy a aprovechar esta columna para contestarle.

Del saque y volea me gustaba la volea. Plástica y armónica. Del saque y saque, nada. El tiebreak obligatorio. El desempate irremediable. El bostezo del aficionado. El cinéfilo que ve por enésima vez la misma película y se sabe de memoria cada fragmento de diálogo. “Oye, ¿qué tal si nos vamos a tomar unas fresas con crema y volvemos cuando vayan 6-6 para ver los únicos puntos interesantes?”. La pregunta, entrecomillado aparte, acabo de inventármela, pero no me negarán que es pertinente.

Feliciano López y John Isner han firmado 86 saques directos, todos por encima de los 200 kilómetros por hora. Todos, efectivos. Todos, meritorios, por mucho que la altura ayude. Ninguno, memorable. Pura potencia. Pura mecánica. 86 bombas, ninguna granada. De esas que el enemigo devuelve antes de que exploten… y vuelta a empezar. Esos intercambios que obligan a los aficionados a aguantar la respiración. Sorprendentes. Taquicárdicos. ¿Ven de qué les hablo? Yo no. Yo no he visto ninguno en todo el partido, quiero decir.

Supongo (lo comprobaría si el wifi de Wimbledon no las considerase fruta prohibidísima) que las casas de apuestas ni siquiera abrieron la opción de ‘arriesgar’ dinero a si habría algún tiebreak durante el duelo. Primer set, 6-7, para Isner. Qué raro. Segundo set, 7-6, para Feliciano. Anda, no me lo esperaba. Tercer set, 7-6, para Feliciano. ¡Buah!

Por cierto, mientras escribía esto, esperaba, iluso de mí, otro desempate. El cuarto. Y en estas que Feliciano se inventó un passing cruzado de revés digno de videoteca. Este sí. Por fin. El único punto del partido que levantó al público de sus asientos. El que celebró con un potente salto y un puño al aire lleno de rabia. El que mereció un minuto de aplausos. El punto, en definitiva, que selló el único break del duelo. No pasaron dos minutos más y Feli ya había ganado el partido. Con un ace, cómo no. ¿Saque y saque? Pues vale. A mí búsquenme en el rincón de los passings solitarios. El rincón de los passings ermitaños.

PD: Si alguno ya está afilando la espada de la crítica, acepto encantado un duelo de aceros. Eso sí, eviten meter en la ecuación que no me alegro de que un tenista español se meta en octavos de final. ¡Enhorabuena, Feli!

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